¿te gusta conducir?

El otro día conducía yo camino a Mataró cuando me dí cuenta de lo mucho que me gusta conducir. No soy ninguna freaky del tuning ni me dedico a hacer carreras por los polígonos industriales de los alrededores de la ciudad. Pero me gusta conducir.

Y ahora sé por qué. Porque es como hacer punto, como tirarte horas haciendo galletas o como correr. Estás haciendo algo, pero es algo tan automático, que puedes pensar en lo que quieras. Pones en marcha un programa en background mientras en primer plano tu mente está trabajando. El hecho de realizar una tarea mecánica al mismo tiempo debe generar algún tipo de flujo mental que hace que los pensamientos se ordenen correctamente y llegues a conclusiones a las que jamás llegarías en la cola de la panadería.

Pues iba yo conduciendo por la autopista de la costa con el telón de fondo azul del mediterráneo cuando…

me transporto 18 años atrás, a cuando hacía este trayecto en tren para ver al que era mi amor de juventud. Por aquel entonces esos amores veraniegos y los viajes a su encuentro significaban todo para mí. Esos viajes en el tren de cercanias, haciendo campana del cole, saltándome todas las reglas impuestas por mis padres, eran mi vía de escape, mis pequeños momentos de libertad.

Aún hoy cuando entro en la estación de Sants por la mañana y respiro su peculiar olor, vuelvo a esas madrugadas en las que volvía en el primer tren desde Blanes para llegar a primera hora a clase o a segunda o para ir directamente a la bodega para seguir haciendo pellas.

Así que voy conduciendo y recupero sentimientos que forman parte de mí, recupero esa parte de mí que se revela contra lo cotidiano y lo serio. La niña traviesa con carnet de conducir.

Es entonces cuando me doy cuenta que he rebasado el límite de velocidad en 5 km/h ¡qué temeraria! Con 19 años lo rebasaba en 80 y 100 km/h, pero claro, por aquel entonces no existía el carnet por puntos. Tampoco existía policía que no te pudieras camelar con alguna historia tierna pero picante, para que no te clavara la multa y diera al traste con tus escapadas libertarias.

Así que suelto el pie del acelerador y ¡plás! me viene a la mente mi única sesión con la psicóloga. Extraña asociación de pensamientos: policía, camelar, psicóloga. Lo siguiente idea que me viene a la mente son 45 Euros. Los que le tuve que pagar por la primera y única sesión que hice con ella.

Al poco de separarme mi padre me recomendó que fuera a ver un psicólogo. Yo me lo había planteado pero no lo tenía claro. ¿cómo lo iba a tener con la empanada mental que tenía? Pero al decírmelo mi padre pensé que debía verme realmente mal, ya que para él son unos loqueros y no hay problema que no solucione un buen polvo. A decir la verdad creo que tiene parte de razón, sobre todo en lo del polvo. Pero volvamos con la psicóloga.

El caso es que cuando entré en la cosulta tuve una buena impresión de ella. Más que nada porque me recordaba a la hermana de mi mejor amigo. Menudas credenciales ¿no? Pero es que yo me guío mucho por las primeras impresiones. Llamadme superficial, pero no me suelo equivocar.

Me hizo sentarme y exponerle por qué había acudido a ella. No le expliqué nada que no le hubiera explicado ya a mis amigas, con lo cual no terminé de verle el sentido a volver a vomitar todo ese caudal de información y sentimientos a una desconocida. Sí, profesional, pero desconocida a fin de cuentas.

Cuando ya estábamos hablando de la semana siguiente me dijo algo parecido a  “tienes conflictos con tu padre, los abordaremos en las sesiones venideras”.

“Error, error, error”, pensé yo. ¡Claro que tengo conflictos con mi padre! ¿quién no los tiene?  ¿qué chica que se está separando de su marido no tiene algún conflicto con el sector masculino y, por tanto, con la primera imagen masculina que recuerda?

Se rasgó la película y pensé: hasta aquí de psicoanálisis. Prefiero seguir contándole mis penas a mis amigas en algún bar, sorbiendo un refresco, comiendo patatas y escuchando música de fondo.

Sí, ya sé que no debería precipitarme tanto en mis conclusiones, que sólo era la primera sesión, que eso lleva tiempo, blablabla. Pero, es que yo ya iba calculando que a dos sesiones por semana en el primer mes, yo iba a tener problemas monetarios mucho más importantes que los sentimentales. Así seguro que me sobreponía de mi ruptura ¿cómo no lo iba a hacer teniendo serios problemas para llegar a fin de mes?

Así que pienso que mi auto-terapia (terapia en el coche) me sale mucho más a cuenta. Sí, de acuerdo, tengo que pagar la autopista y la gasolina. Y puede que algún día se me vaya la olla y le termine preguntando al chico del peaje si debería enfrentarme a mi padre para vencer esos conflictos que nombraba la avispada psicóloga. O puede que incluso llegue hecha un mar de lágrimas a la gasolinera y abrace a la cajera de Repsol, balbuceando “yo le quería, yo le quería”.

Pero en cualquier caso, sé que al final del trayecto encontraré la terapia que siempre ha funcionado en mi familia. Llámanos convencionales.

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