el príncipe azul

Aunque me haya divorciado sigo creyendo en el príncipe azul, con matices, pero creo.

Nunca pensé que mi príncipe azul llegaría sobre un corcel alado para salvarme de las fauces de algún temible dragón. No lo pensé porque es harto sabido que los dragones sólo aceptan sacrificios de doncellas vírgenes.

Así que nunca tuve en la cabeza la idea del príncipe Disney, fornido y con sonrisa Profident. Tan sólo buscaba a alguien que me quisiera y que yo le pudiera corresponder.

No pido mucho ¿no?
Bueno sí, un par de cualidades debería reunir, pero como me guío por criterios bastante mundanos, pienso que no debería ser difícil encontrar candidato capaz de reunir las siguientes caracteristicas: Mi príncipe azul debería ser capaz de realizar tareas domésticas tales como tirar la basura, recoger la cocina y tirar bien de la cadena.
Incluso tengo un pequeño ranking de características que le harían subir nota, como no hacer ruido al comer, ducharse a diario recogiendo los pelos del desagüe y acordarse de los cumpleaños – sobre todo del mío. Si recuerda el de su madre o el de su perro no me vale.

Así que ya tenemos una imagen más clara: es un chico que me quiere y que debe reunir una serie de requisitos básicos.

Estos requisitos son como los extras de un coche. Tú tienes un modelo en mente y el día que decides ir al concesionario tienes suerte y te encuentras con una oferta que los incluye todos. Extras que ni te habías permitido imaginar. ¡Si incluso te ofrecen el calentador de asientos con mando individual! No contabas con nada de eso, pero bienvenido sea.
Bienvenido sea el calentador de nalgas y los 5 años de garantía en los repuestos.

Pero al igual que los extras de un coche te deslumbran el primer día, al cabo de un tiempo los das por sentado. Vas a diario en tu coche y ya no te das cuenta que tiene unos asientos de cuero envolventes, que los altavoces suenan de maravilla y que el motor funciona con tecnología alemana. Es más, ya no te importa dejarlo aparcado en la calle, porque ya has perdido el miedo de los primeros meses a que te lo rallen. Hay días que incluso te molesta el calorcillo que sube desde el asiento y lo apagas de un manotazo.

Y ¿qué es lo que provoca ese cambio? Si el día que el vendedor te mostró EL COCHE no podías creerte la suerte que habías tenido.

La rutina.
Creo que ese es el dragón que deberíamos temer, porque ese no hace distinciones entre hombres y mujeres, entre vírgenes o divorciadas, entre príncipes o vendedores de coches.

La rutina se cuela sigilosamente en tu vida y sin que te dés cuenta toma las riendas de tu casa y de tu relación. Y ya nos pueden llegar cientos de correos con powerpoints empalagosos advirtiéndonos que hay que vivir la vida hoy, que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, que la lencería fina no debería quedarse en el armario… que el archivo ese lo tiras directamente a la basura o ni lo miras porque no tienes tiempo.
Ya se ocupa la rutina diaria de que no tengas tiempo.
Esa es su táctica, pasa desapercibida, se va haciendo fuerte, va ganando terreno y así te va debilitando a tí y a tu pareja.

Y claro, entiendo que el día a día nos deje exhaustos, a veces cabreados y, en muchas ocasiones, sin ganas de invertir en nosotros y, menos aún, en la persona que está a nuestro lado. Pero pienso que hay que tener muy claro que tener pareja no es haber llegado a la meta.

Cuando el príncipe viene para quedarse a nuestro lado no deberíamos pensar en cómo cocinar las perdices que engulliremos felizmente hasta el final de nuestros días.

Cuando encuentras a alguien es cuando más debes currártelo. Y si nos esforzamos en el trabajo, en el gimnasio, con nuestros amigos ¿por qué nos dejamos ir con nuestra pareja?

Sé que es difícil y que parece una batalla perdida, pero mi alma de amazona me dice que hay que luchar, que ambos deben luchar por no dejarse vencer por la rutina.

Así que yo a mi príncipe azul no le dejaré desmontar para besarme en la frente. Pienso subirme a lomos de su caballo y emprender un galope desbocado.

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