la vida es cambio

Llevo bastantes cambios este año y la verdad es que ahora me apetece un poco de estabilidad.

Pero la vida es movimiento, la vida es cambio.

No quería abrirme a mis compañeros de trabajo porque ya tuve que perder a unos muy especiales hace 10 años.

Pero me abrí porque vivir cerrada no te lleva a ningún lado. Los seres humanos no somos auto suficientes.

Ahora se avecinan cambios y, aunque sé que no me sentiré cómo entonces, cuando perdí a una pequeña familia, no me apetece perder a ciertas personas de mi entorno.

Ahora no necesito más cambios, no los quiero. Al menos no en el campo laboral. Ahora necesito algo estable, un ancla en toda esta marea.

Creo que es el viento que me recuerda que pronto hará un año que me marché de casa y eso me hace estar hipersensible, en un estado como premenstrual de lagrimilla fácil.

La luz brilla con la misma – poca –  intensidad. Vuelven los olores, vuelve el frío, vuelve a ser Navidad en las tiendas de todo a 100.

Sí, es que cuando me pongo tonta me entra la vena consumista. Me tengo que premiar con algo, aunque no sea algo para mí, pero tengo que airear la Visa.

Y así estaba ayer cuando ví los primeros adornos navideños en una tienda de baratijas cerca de mi trabajo y me pilló fuera de juego.

¡Si acabo de guardar la chaqueta de verano y ya me estáis acribillando a mensajes navideños!

¡Que he dicho que no quiero cambios! ¡Hábrase visto! Si hasta las tiendas se confabulan en mi contra.

Así que presa de ese furor consumista y apoyada por el gremi de botiguers de Barcelona decidí que era hora de comprarme un pijama, un extraño en mi armario hasta la fecha.

Y fui a Intimissimi. Normalmente entro, miro, compro y ni pregunto. Pero me preguntaron nada más entrar y como últimamente hablo hasta con las dependientas, pues le dije que sí, que me ayudara.

¡Craso error! Con un simple vistazo me dí cuenta que ahí no había nada que me fuese a convencer. Ni en los estantes ni en la cara de la dependienta.

Cuando me preguntó si buscaba “pijamita con pantaloncito o camisoncito” casi cojo el paragüero más cercano para potar.

¿por qué tienen que hablar con diminutivos en las tiendas de ropa interior? Y si estamos en Intimissimi pues ya que adapten los diminutivos y te digan ” pijamíssimi”, “pantaloncíssimi” o qué sé yo. Puestos  a ser horteras pues ya con todas las consecuencias.

Pero es que me parece ridículo porque cuando vas a comprar unos zapatos no te dicen si quieres unos “zapatitos”. O menos aún cuando vas a un concesionario. Allí sí que decididamente no te hablan así, allí normalmente hablan con superlativos como “cochazo”, “alerón” o “maletero enooorme”.

Y claro, como estoy un poco más sensible de lo normal, pienso lo que pienso siempre: ¿me hablas en diminutivos porque me ves grande – enorme – o es que es filosofía de la empresa hablar en diminutivos para luego clavarte en el precio quedándose tan a gustito?

Es curioso, aún no he conocido dependienta que me vendiera unas bragas. Todas me han vendido unas braguitas o un tanguita.  ¿tanto les asusta no utilizar el diminutivo? Si yo les estoy pidiendo algo que tape mi culo y no mi culito.  Pero también es cierto que nunca me han vendido un sujetadorcito, siempre ha sido un sujetador. Con el tamaño de las tetas no se bromea. Ahí sí que no valen diminutivos ¿a que no? Bueno, con una maldita excepción, que es cuando te dice la simpática dependienta que te traerá una tallita MENOS. ¡perra! ¡perrita!

Andaba yo pues mirando pijamitas en colores pastelosillos, al borde de un ataque de los míos. Ataques de esos que aún no tengo del todo controlados, en los que básicamente me imagino preguntándole a la dependienta si es así de gil*** o si está obligada por contrato a parecerlo porque lo hace de maravilla.

Sí, lo siento, ya he dicho que estoy en ello. Estoy currándome estos arranques de mala hostia, pero es que me ponen a prueba, de verdad. Y una está muy sensible, ¡¡narices!!

Pero claro cuando me dijo si quería ver un modelo con “pantalocito y topito” casi saco los guantes de boxeo. Suerte que me dí cuenta  a tiempo que se refería a un pijama compuesto por top (parte superior) y pantalones a “topos” o llámales “lunares”. Por suerte no había llamado topito al top. Suerte para ella, porque volví a enfundar mi escopeta de cañón recortado y la dejé vivir.

Salí del local antes de que mi mal genio abandonara mi interior para salir a la superficie. No sin antes darle las gracitas al más genuino modo Flanders.

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