armisticio o tratado de paz

Llevo ya diez años celebrando todo tipo de eventos en casa de la roquera. La última fiesta fue la semana pasada y sí, acabamos bailando en el comedor. Casi siempre acabamos así. Bailamos al son de algunas canciones nuevas, pero hay algunas que acuden a la cita año tras año como si de un invitado más se tratara.

Cada año hay alguna cara nueva, pero los sospechosos habituales suelen estar ahí, al pie del cañón. Algunos los veo durante el año, pero a otros, sólo los veo en esta ocasión. Y este año me apetecía verles a todos. A las nuevas caras, a las conocidas, a las cambiadas y a las que tenían un brillo nuevo en la mirada.

Y entre ellas estaba el ingeniero dicharachero. Corrí a sus brazos porque hacía meses que no le veía y realmente tenía ganas de tenerle cerquita. Anda metido en proyectos nuevos y se le nota en la cara, en el ánimo e incluso en el tono de voz. Está en un buen momento. Intercambiamos nuestras bromas de siempre en las que nos llamamos de todo, nos reímos el uno del otro y esperamos a ver quien la suelta más gorda. Un cariño que no necesita de más envoltorio que nuestra risa.

Más tarde hablamos tranquilamente y él me confesó que me quería decir algo. Un regalo en forma de reflexión. No me dijo nada nuevo, pero era nuevo para mí que alguien me lo dijera de una manera tan gráfica. Retengo mejor las imágenes que las palabras y esta imagen creo que me quedará grabada.

Hace un año yo luchaba por mantener en pie la vida que había construido, creé unos muros para no venirme abajo. Construí una muralla que yo pensaba debía protegerme del asedio exterior. Así que, además, apostillé allí a toda mi artillería. Si alguien se acercaba yo no esperaba a ver si venía en son de paz o en pie guerra – disparaba sin titubear. Yo estaba segura que los ataques provenían del exterior, pero lo que me ha quedado claro en este año, es que mis muros actuaban como una presa que intentaba retener todo el caudal de agua que había en mi interior.  El problema no estaba fuera, sino dentro.  Pero lo que sí sabía es que si algún elemento externo franqueaba mis defensas, todas las barreras que había construido se harían añicos, que todo el agua se derramaría y que yo no me podría mantener a flote.

Finalmente los muros cayeron y yo caí. Pero me levanté y, poco a poco, estoy convenciendo a mis tropas para que se conviertan en personas de bien. Aún no tengo claro si han depuesto temporalmente las armas o si hemos firmado un acuerdo de paz. Me gustaría pensar que es lo segundo, pero aún no me atrevo a asegurarlo.

El ingeniero dicharachero me prestó un espejo y pude ver cómo era yo hace un tiempo y no me gustó nada lo que vi. Lo reconocí, y sigo trabajando en ello para no volver a encontrarme con ese reflejo.

Aún tengo en mente frases que he oído desde pequeña, como “todo el mundo es culpable hasta que no se demuestre lo contrario”. O frases que me han dicho recientemente “nada pero guarda tu ropita”.

Creo que voy a empezar a borrar este tipo de frases de mi disco duro, porque no me sirvieron de nada.

Pienso (o intento pensar) que no se debe partir de lo malo, que si se te acerca alguien no debes temer lo peor, que no viene para hacerte daño. Porque si piensas así, ya le estás observando desde detrás de la mirilla y eso no pasa desapercibido. Más que nada, porque entrecierras el ojo que te queda libre y eso resulta extraño se mire como se mire.

Y por lo de guardar la ropita, siempre he pensado que es más cómodo bañarse desnuda.

Y es que no se puede estar siempre a la defensiva porque eso te priva de todo lo bueno. Te aparta de lo malo pero también de lo bueno,  te acaba apartando de todo, de todos y de ti mismo.

Esta semana he tenido momentos en los que he notado como algún soldadillo rezagado comenzaba a mecerse al son de mi música interna. Es uno de esos momentos en los que piensas que eres tan feliz que podrías irradiar un arco iris. Ves como nuevas tonalidades que no sabías que tenías dentro de ti, salen al exterior en forma de haz de luz – son mis soldaditos conversos.

Y pienso que aún queda mucho soldado Ryan por aquí dentro, así que, como diría Super Ratón: no se vayan todavía, aún hay más.

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