regalo vestido de novia

Cada 4 o 6 semanas quedo con Maria para una lucha Yedi. Ella porta su espada laser, ambas unas gafas futuristas y ahí empieza la batalla. La batalla con el vello corporal. Maria lucha contra mi (escaso pero persistente) vello.

Llevo viendo a Maria un par de meses y no nos hemos hecho amigas, pero sí sé que se casa en Junio de 2011 y que está liada con los preparativos. Ayer me explicó sus experiencias en las tiendas de novias que se pueden encontrar en nuestra ciudad. Como yo, ella acabó en Cymbeline.

Comentamos las pruebas de los vestidos, los modelos horrorosos que se llegan a vender, lo que te intentan encolomar y … claro está… todos esos recuerdos me transportaron a 2002 cuando yo estaba preparando mi boda.

Tengo muy buen recuerdo de aquellos preparativos que parecían no tener fin. Recuerdo las pruebas del vestido con mi hermana y con la roquera, recuerdo las horas de manualidades y la ilusión de congregar a todas mis personas queridas bajo el mismo techo. Recuerdo tantas cosas y con todas ellas aún sonrío. No pienso que fue un matrimonio que acabó en divorcio. Pienso que fue un día de fiesta memorable y eso no lo cambiará la sentencia de un juez.

Hay muchas cosas con las que una sentencia no acaba.

Maria y yo, ambas sin hijos, coincidimos que el tiempo que transcurre antes de la boda estás muy sensible, casi como si estuvieras embarazada. El más nimio detalle de la persona más inesperada te llena de una gratitud y amor con la que podrías criar a una prole durante una década. Tal vez sea porque quieres que todo salga bien e inviertes todo tu empeño en ello que, cuando algo de esa energía vuelve a tí, no puedes más que secarte las lágrimas de la emoción.

Maria y yo seguimos hablando de esto y de aquello, hablamos de los menús de los restaurantes, de los regalos de los invitados, del baile, de la barra libre y volvimos al tema del vestido.

Yo llevo tiempo pensando en vender el mío. Lo pensé ya hace mucho tiempo. La idea me asaltó el día que lo encontré lleno de hollín después de un incendio que sufrimos en mi excasa. Aún recuerdo como sentada encima del regazo de mi exposo lloraba porque aquel fuego se había atrevido a mancillar mi preciado traje de princesa. Recuerdo que él reía al ver mis pucheros de niña malcriada y ambos terminamos riéndonos de toda esa situación absurda.

Pues fue entonces cuando pensé que debería venderlo. Algo tan bonito no debía estar guardado en un armario, no debía ser pasto de las llamas, ni de las polillas y tampoco del olvido.

Pero ahí se quedó, en el olvido.

Y ahora pienso que me lo tendré que llevar de mi excasa, así que retorna ese pensamiento: quiero venderlo.

Pero Maria me dijo “¿no te da pena?” Y la verdad es que sí, porque a él uno muchos recuerdos únicos y preciosos. Es la prueba fehaciente que estuve tan enamorada como para casarme.

Es verdad que ahora ya no necesito ese tipo de pruebas, prefiero que me hagan sentir día a día que me quieren. Pero eso fue entonces y esto es ahora. Yo ya no soy aquella niña que necesitaba casarse.

Así que por un instante pensé: Es verdad, no lo venderé, lo atesoraré contra viento y marea, incendios y polillas.

Pero cuando me despedí de Maria y me puse de camino al tren pensé: creo que es un vestido precioso, creo que mi boda fue el día más feliz de mi vida – sé que es un cliché, pero es cierto – quiero que alguien disfrute con él como disfruté yo. No pienso que sea el vestido de novia de una divorciada.

Es un vestido que debe salir a festejar el amor, el compromiso o lo que sea que signifique el matrimonio para su portadora, así que pienso que sí que lo venderé.

Creo que lo pondré a la venta y si alguien está dispuesto a comprarlo, se lo regalaré.

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