el piso de la independencia

Hace casi un año buscaba piso para irme de mi hogar. Nunca había buscado alojamiento para mi sola.

Fue una de tantas cosas que aprendí a hacer sola. Me asaltaron muchas dudas, sobre todo tenía miedo que me tomasen el pelo, que pagase por algo que no sería mío o que cuando me mudase apareciesen vicios ocultos en la finca o en su propietario.

Fue extraño porque visité dos pisos y al segundo ya me enamoré. Recuerdo que en esa segunda visita, estaba en medio del salón y no sabía cómo indicarle a mi hermana que lo quería, que qué debía hacer para que no lo viese nadie más pero tampoco parecer desesperada. Yo era la primera visita en ese ático y conseguí ser la única, porque al día siguiente envié mi última nómina a la inmobiliaria para que vieran que había un serio interés en alquilarlo.

A la semana siguiente ya estaba firmando el contrato en la agencia con la vendedora y la propietaria. Nada más ver a la que iba a ser mi landlady tuve una buena sensación. Era alta como yo, vestía abrigo oscuro y, en cierta manera, nos parecíamos. Ella era la primera vez que alquilaba y tenía miedo a quién cedía temporalmente su propiedad.

Cuando nos sentamos a firmar noté que también nos parecíamos en la forma de decir las cosas: sin tapujos. Me gustó más aún. Así que, al salir de la firma, nos fuimos en mi coche para que ella me pudiera enseñar 4 cosas que debía saber de mi nuevo hogar. Llevé a una extraña en mi coche y ella metía a una extraña en su casa. Dos extrañas que se juntan en una inmobiliaria y se dan cuenta que no son tan diferentes.

Ese día, mientras me enseñaba como iba el calentador y la placa de inducción, le expliqué someramente mi situación y ella me contó que había vivido algo parecido hacía dos años. Ahora ella me alquilaba su piso porque se iba a vivir con su novio. Me pareció sorprendente y a la vez esperanzador. Me dijo que cuando se separó de su anterior pareja, ese había sido su primer piso de soltera. Su piso de la independencia.

Yo, cuando me mudé no lo hice pensando en mi independencia. Me mudé pensando en todo lo que estaba poniendo en juego, en todo lo que tenía que aclarar dentro de mí para saber si seguía mi camino sola o volvía a mi antiguo hogar. Me mudé porque sentía que tenía que apartarme de algo que me estaba haciendo mucho daño. Me fui porque tenía que recomponer todas las piezas rotas.

Y ayer, casi un año después, estaba colgando la ropa en mi terraza, hablando con mi piso… Sí, hablo con él, le saludo cuando llego a casa y a veces le digo que podría cuidarse un poco más, que no debería dejarme a mí toda la limpieza. Pero nada, él hace oídos sordos, mientras acumula bolas de pelo en las esquinas.

Pues estaba con una pinza en una mano y una funda de almohada en la otra, observando las luces del campo de entrenamiento del Barça, cuando recordé a mi landlady decir lo del piso de la independencia. Y me quedé parada, helada. De eso hacía casi un año. Y no sé si ahora soy más independiente o no. Sí que sé que soy diferente y un año mayor.

Al empezar a vivir sola, pensé que lo peor sería dormir sola, pero eso resultó ser fácil, no apareció el miedo a la oscuridad ni a los sonidos desconocidos. Pero, en cambio, descubrí que temía las mañanas de domingo en las que desayunaba sola, rememorando las mañanas en mi excasa, con el olor a café recién destilado de la Dolce Gusto, el olor de naranjas recién exprimidas y el de pan tostado.

Y digo que no sé si soy más independiente, porque he estado lidiando con estos y otros problemas durante todo este tiempo y no he podido pararme a analizar si ahora soy más o menos independiente de cuando me fui.

Y lo más difícil de sobrellevar este cambio es la añoranza. Ya no sólo echas de menos al que era tu pareja hasta un día antes, sino a toda tu vida. Las rutinas más absurdas de repente adquieren una importancia antes desconocida. Los detalles más ridículos te hacen caer al suelo sin apenas fuerzas para levantarte.

Recuerdo las primeras veces que fui a comprar sola. La gente debía alucinar con esa chica que empujaba un carrito de supermercado llorando. La crisis financiera era y es dura, pero los precios del centro comercial tampoco eran tan desorbitados como para echarse a llorar. Pero hasta echaba de menos comprar con mi exposo. Echaba de menos tantas cosas, que no tenía tiempo para plantearme si me estaba independizando o no.

Yo luchaba por mí, tal vez eso sea luchar por la independencia.

Tal vez sea ese el proceso de “independizarse”, sufres y lloras por lo que has perdido, pero te vas haciendo fuerte día a día. Y, aunque siga llorando día a día por todo lo que he perdido, he llegado a la conclusión que echo y echaré de menos muchas cosas, incontables, impensables, inconfesables, pero que si volviese – si ahora yo volviese a mi antigua vida – me echaría de menos a mí misma.

Tal vez eso sea la independencia o tal vez sea que finalmente estoy aprendiendo a quererme tal como soy.

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