la manta

Siempre hubo una cosa que me gustó de mi exposo. Bueno, había muchas cosas que me gustaban de él, pero lo que más estabilidad me daba es que no grita ni insulta.

Esto que puede parecer muy básico para algunas personas, no lo es tanto para otras.

Y entre esas otras me encuentro yo.

Me crié en lo que yo pensaba que era una familia normal, con todo lo que la palabra “normal” puede englobar. Yo pensaba que lo normal era que los cabezas de familia estuviesen siempre dispuestos a generar una bronca, a insultar, a gritar y a menospreciar. Es más, pensaba que era mejor no llevarles la contraria para no provocar una bronca en la que éstos pudieran dar rienda suelta a su ira.

Pero el tiempo me ha enseñado que no todos los padres de familia son iguales.

Sé que hay familias que han pasado cosas mucho peores, pero ahora también sé que hay familias en las que un comportamiento así sería impensable. No me compadezco de lo que he vivido, pero estoy intentando entender lo que todo esto provocó en mi carácter.

Recuerdo las miradas a mi madre para que callara, las patadas debajo de la mesa para indicar que no siguiera por esa vía, también recuerdo algún que otro plato estampado contra el suelo seguido de una retahila de insultos hacia la madre, la hija y una tal manta que las cobijaba a todas.

Ahora entiendo por qué siempre tengo la sensación de tener que relajar el ambiente, de generar buen rollo, de intentar apaciguar el ánimo. Tal vez sea para no ver ningún platillo volante, para que mamá no llore, para que papá no esté cabreado y no haya que hablar en susurros y evitar así males mayores.

Por eso es que no me gustan los enfrentamientos
Y ¿a quién sí?
Sí, hay a quien sí le gustan, eso lo sé de sobras.

A mí no me gusta discutir por discutir. Me gusta hablar, oír diferentes versiones de una idea, pero no me gusta pelearme para defender la mía. Con eso no digo que no mantendré la mía, porque la mantendré si estoy convencida de ella. Pero no me enfrentaré a nadie para defenderla. Me defenderé a mí y a mi integridad y me retiraré cuando sienta que el diálogo es inútil. No me cerraré a un diálogo civilizado, pero al mínimo agravio, chantaje emocional o irracionalidad desapareceré. Tal vez físicamente siga ahí, pero mi mente ya se habrá refugiado en aquel balcón en el que no se oían los gritos ni los insultos.

Y ahora hay tempestad en casa y sé que lo peor está por venir. Y ya noto como me entra un terrible cansancio, una apatía y una falta de fuerza en los brazos que dejaría colgando lánguidamente a los costados, con tal de no tener que levantarlos para proteger a quien debe ser protegido de alguien que vuelve a ejercitar la fuerza, el desprecio y el poder sin ningún tipo de control.

Estoy cansada de todo esto, de esta sensación de que algo acabará mal, mucho peor de lo que ya está. Cansada de los secretos, de las huidas, de los refugios, de la falta de moral y ética.

No quiero más gritos ni insultos que, aunque no vayan dirigidos a mí, me duelen igual.

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