con el agua al cuello

Siempre he oído que nunca se deja de sufrir por un hijo. Ya pueden irse de casa, de la ciudad o del continente, que sus progenitores seguirán sufriendo con todo lo que ocurra con su retoño, aunque éste ronde los 50.

Creo que esta es una de las razones por las que no quiero tener hijos. Sí, ya sé que compensa, ya lo sé.
Pero a lo que voy es que este sufrimiento también va en la dirección opuesta. Igual que se sufre por los hijos, no se deja de sufrir por los padres.

Tengo 37 años y aún se me cierra el estómago, pierdo la sonrisa y la fuerza cuando hay tempestad entre mis padres.
Y lo que hay ahora no es una tormenta de esas de las que te puedas resguardar para no mojarte.
De esas en las que corres, periódico en ristre para cobijarte en un café acogedor hasta que amaine.
Esta lluvia es de la que te empapa, de la que te deja con los pies mojados, el pelo pegado a la cara, tiritando incontroladamente y con un frío que no desaparece por mucho que intentes calentarte delante de un calefactor, riéndote en un espectáculo o dando puñetazos contra una puerta.

El agua que ellos derraman va inunando todo tu cuerpo. Empieza por la cabeza, la anega de mareas incontrolables, de aguas estancadas y torrentes desbocados.
Y por mucho que haya aprendido a mantenerme a flote, voy tragando este agua que me deja la garganta seca y el estómago revuelto.

Leo palabras, leo sentimientos, leo arrepentimiento y temo que todo acabará sobre papel mojado.

Sé que son papel mojado.

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