y pasó la navidad

Lunes después de Nochebuena, Navidad y San Esteban.

El 24 pudimos salir antes del trabajo y se me hizo raro no tener que comprar cantidades ingentes de ingredientes para una comida multitudinaria. No pasar horas ante los fogones se me sigue antojando extraño. Ya le he dicho a mi poconovio que el año que viene deberíamos organizar alguna comida o cena nosotros.
Sí, volví a agregar la maldita coletilla: “si el año que viene seguimos juntos…”
Se me sigue escapando. Como no suelo pensar a largo plazo, pensar a un año vista me parece algo super lejaaano y abstracto. Pero la coletilla esa debo desterrarla ya.

El día 24 llegué a mi casa y Kev me saludó con lo que sólo puedo denominar como vehemencia. Me golpeaba la cara con su morro y su ensordecedor ronroneo se oía desde la habitación de al lado. Adam le miraba con envidia pero a la vez desaprobando el comportamiento de su negro compañero. ¡Esquirol! Se leía en su mirada.
Llegar a casa y tener a estos dos gamberros a mi lado ha cambiado muchas cosas. Sé que soy egoísta, pero me contento pensando que estarían peor en la calle.

Por la noche celebramos nuestra primera Nochebuena sin mi padre, la primera Nochebuena en casa de mi hermana. Todo cambia, pero algunas cosas siguen inalterables. Alguien debía disfrazarse de Papa Noel, alguien recitaría la misma poesía de cada año y los más pequeños confirmarían que el Weihnachtsmann les había traído lo que habían pedido. Los mellizos ya son tan mayores que empiezan a tener serias dudas que Papa Noel no sea su primo mayor. Si estos niños han vivido el divorcio de sus dos tías y ahora la separación de su abuela ¿cómo van a seguir creyendo en cuentos? Demasiado pronto les hemos tenido que enfrentar a la realidad.

Aún recuerdo cuando mi sobrina, la única chica que tenemos en esta generación me preguntó por qué había dejado a mi exposo. Mi padre le había dado una versión de los hechos que a mi no me gustaba y le aclaré que no, que yo seguía queriendo al que había sido su tío, pero…pero…pero.. “Pero ya no le quieres como a un novio”, me contestó ella con sus siete añitos. Esa era la respuesta correcta “ya no le quiero como a un novio”. Así que con su inociencia y su corta edad explicó algo que yo no sabía resumir en una simple frase.

Le damos tantas vueltas a cómo explicar estas cosas a los más pequeños y la mayoría de las veces ellos nos sorprenden con sus reacciones y respuestas. Pienso que es mejor decirles cómo están las cosas antes de que ellos se monten su propia película. Seguramente no haya que entrar en detalles, pero la verdad, la claridad es más comprensible que cualquier mentirijilla piadosa.

Mi poconovio temía decirle a su hijo mayor que papá tenía novia y el día que se armó de valor y se lo confesó, éste simplemente respondió “qué bonito”. Tema zanjado.

Desde entonces hasta ahora han venido más preguntas y afirmaciones que no hacen más que ruborizarnos, ponernos en un aprieto, pero de las cuales tenemos que reirnos a la fuerza.

Y llegamos a la Navidad.
Ya decidí el año pasado que, aunque fuese en petit comité, Navidad la seguiría celebrando en mi casa. Así que he pasado de cocinar para unos 16-18 comensales a sólo 3. Echo de menos tener la casa llena, pero celebrar la Navidad en mi casa durante horas, aunque sólo sea con las dos mujeres de mi familia, sigue siendo una bendición. No encuentro otra palabra.
Estamos juntas en esto y eso es el espíritu navideño.
Compartir estos momentos con los que más quieres. ¿no?

Y entre ellos está mi poconovio.

San Esteban lo pasé con parte de su familia. No sé si es la edad, su familia o toda la situación, que no me siento desplazada como me sentía al principio con la familia de mi exposo. El pulpo en el que temía convertirme no ha hecho su aparición.

Y estar con él me llena, me serena, me carga las pilas. Estar con él deja aflorar lo mejor de mí. Estar con él me ha descubierto que hay hombres que piensan contigo, en tí y que abrirse no significa ser más vulnerable.

Y llego a hoy, con el corazón lleno, aunque en un rincón de mi mente mi pepito grillo siga recordándome que no he llamado a mi padre. Pero le acallo diciéndole que llamar o no llamar, no hará cambiar nada.

Pasó de nuevo la navidad, esta extraña, pero siempre entrañable navidad.

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