5 minutos más para la cuenta atrás

En un alarde de originalidad creo que es momento para que sienta nuevas metas para el año que mañana estrenamos.

Las metas sentidas, que no sentadas, se tintan de un color verde esperanza, de un rosa ilusionado y de un amarillo radiante. Parece que las metas que sentimos, que nos apasionan, que nos mueven, están recubiertas de unos colores que nos animan a alcanzarlas, a convertirlas en algo real.
Dotarlas de sentimiento, de color y calor hace que nos identifiquemos con ellas y que queramos hacerlas nuestras. Porque tal vez consiguiendo nuestro objetivo nos acerquemos más al yo que cada uno persigue y anhela.

Año tras año intento ponerle todo el alma a recuperar la figura después de fiestas, pero ya puedo pintar esa esperanza de cientos de colores, que conseguir el cuerpo que aparece en cualquier portada de cualquier revista femenina del mes de enero, lo veo negro.

Así llevo unos días, pensando que debo soltar lastre. Además del físico, quiero decir.
Debo soltar lastre emocional.
Quiero dejar de mirar atrás, porque acabaré dándome de bruces con el futuro.
Así que mi propósito para este nuevo año es aligerar la mochila que cargo a la espalda y que no me deja caminar erguida mirando a la vida de frente.

Ayer improvisamos una comida con los sospechosos habituales. Nos visitaba el chaval pratense, que abandonó su Prat natal para ir a conquistar la comarca de Bilbo, pero que vuelve, a casa vuelve, por Navidad. Fue él, quien en tono irónico pero siempre dulce, me habló del lastre en términos de “mochila”.

Y me vino a confirmar lo que yo andaba rumiando estos últimos días, que mi equipaje pesa demasiado.

Yo pensaba que con el tiempo ese lastre se iba haciendo más llevadero, más tolerable. Pero ahora me doy cuenta que no, que ese peso muerto está ahí, y por él se resienten las articulaciones, los órganos internos e incluso, la melena, ¡que cada vez peino más canas!

Pero no tengo muy claro cómo empezar a desprenderme de todo lo que he ido metiendo en mi mochila. El chaval pratense me decía que me la quitara de encima de una vez, que  cargar con ella, no significa que deba aceptar cargar con ella.  Pero yo temo que al deshacerme de partes de ella – partes formadas por recuerdos, por personas y comportamientos – me dehaga de lo que me convierte en la persona que soy.

Temo deshacer la maleta que arrastro en este viaje y perderme a mí en ello. Tal vez no sepa ser quien soy sin la carga esta, tal vez si me libero de este peso, me dé cuenta que no queda nada más. Es más fácil apoyarse en todo aquello que nos ha acompañado durante años, aunque nos haga daño, que desligarse y empezar a caminar libres de la carga que nos oprimía.

Aunque no lo sé, nunca lo he probado. El miedo a lo desconocido es otra de las cosas de las que debería desprenderme.

Y esa es mi meta – dejar atrás lo que no me hace falta ya para este viaje. Puede que sean personas, rutinas, hechos, recuerdos, creencias, fobias, prejuicios, orgullo absurdo, incluso partes de mí que ya no necesito.

Pero no sé cómo lo haré, el viaje me dirá que es lo que necesito y lo que no.

La meta es caminar ligera de quipaje.

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