una chica buena

Cuando decidí escribir este blog, comencé a apuntar en mi móvil temas que me venían a la cabeza. Apuntaba ideas que me asaltaban, vivencias que no quería olvidar, frases hechas que de repente cobraban un nuevo sentido. Lo mismo hice en los borradores de mi cuenta de correo.

En los primeros meses también almacené correos que escribía a mi exposo, correos que nunca envié y que terminé borrando hace unos meses. Los borré, pero previamente los imprimí, porque hay cosas que no es necesario recordar constantemente, pero que se deben guardar para no olvidar.

Y hoy he revisado los títulos de los borradores de mi e-mail y aún quedaban 5 temas almacenados. Pero ya no son temas que me toquen de cerca e incluso puedo sonreír al leerlos.

Pero los acabo de borrar todos.

Uno era “so tired of love songs”, otro “tú la ves, no iba a estar mucho tiempo sola”, otro “un año sin tí”, otro “emitiendo las señales equivocadas” y otro más “cansada de chicos malos”…

Mientras los dos primeros me han hecho sonreír, el tercero lo he borrado sin abrirlo. Se acabó lo de rascar en la herida.

Pero emitir señales equivocadas y estar cansada de chicos malos es un pensamiento, una idea, una manera de actuar que ya forman parte de mí. Cuando fui consciente de que siempre emití las señales erróneas y que por eso siempre acababa con chicos malos, fue como toda una revelación. Hoy por hoy me parece algo obvio, pero siempre es más fácil entender las cosas cuando se mira hacia atrás.
Lo que a veces aún me sorprende es cómo pude sobrevivir todo este tiempo. ¡Claro! Sobreviví, esa es la clave, que es muy diferente a decir ¡viví!

Tal vez se deba a la buena escuela que tuve en casa, tal vez estuviera hecha para picar piedra que diría la escritora.

Pero se acabó eso de ir a la cantera para gritarle a las piedras, prefiero susurrarle a las olas. Cursi, lo sé, pero es cómo lo siento.

Y es que los chicos malos son de los que no hablan, de los que no dicen lo que sienten, de los que mantienen la zanahoria en alto mientras tú intentas alcanzarla como una burra. Pero esa zanahoria no se alcanza nunca porque realmente no existe. Nos la imaginamos, pensamos que si hacemos tal cosa o tal otra alcanzaremos nuestra recompensa, pero esa recompensa no llega nunca.

Y esto que he aprendido de mi matrimonio, lo he aprendido ahora de la relación con mi padre. Nunca será lo que a mí me gustaría, así que voy a dejar de perseguir un imposible. Me planto. Ya no voy a reírle las gracias a los chicos malos, aunque vistan traje de padre, de exposo o de dueño de un bar de copas.

Porque lo que me ha quedado claro es que quien bien te quiere no te debe hacer llorar y que los sentimientos que no expresas, que no transmites, que no verbalizas no llegan. A la larga no llegan y si no llegan ¿quién te dice que existan? Nadie.

Así que ahora intento emitir las señales correctas aunque algún que otro pajarraco me diga después de olisquearme una sola vez que soy mala. No saben esos chicos malos lo buena que puedo llegar a ser cuando soy realmente buena.

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