tejiendo rutinas

Esta es la primera semana de 2011 que trabajaré por completo. También ha supuesto mi vuelta al gimnasio, a las clases de punto y a los tuppers con comida para el curro.

No es que anhelara levantarme a las 6.30, abandonando el calor de las sábanas y la oscuridad del dormitorio, pero volver al gimnasio, es a la vez un reto y una gran recompensa. Siento como vuelvo a generar serotonina, endorfinas y un buen rollo que las agujetas no harán decaer.

Ayer tuvo lugar la primera clase de punto y de nuevo resultó ser un “reset” personal.
Al finalizar el curso oficial convencimos con nuestro entusiasmo a nuestra profesora y ahora nos encontramos en su casa para seguir tejiendo gorros, mitones y bufandas varias. Una reunión de mujeres en torno a unas labores, un placer que puede parecer anclado en el pasado, pero es que a fin de cuentas somos mujeres y seguimos compartiendo las mismas vivencias, inquietudes e intereses.

Y me hace gracia ver como cada una tiene su plan: una quiere tejer unos calcetines, una un bolso y yo una bufanda cerrada -un cowl- no sé cómo se nos meten estas ideas en la cabeza. Pero ahí están. Podrían surgir estando sola en casa delante de un madeja de lana y unas agujas circulares, sí, pero tener la presión semanal te obliga a ponerte las pilas y saber que compartirás tus dudas y tus logros con las demás lo convierte todo en un pequeño proyecto con fecha de entrega y control de calidad. La diferencia radica en “compartirlo”.

Y ayer, nada más llegar de clase, conecté mi nuevo MacBook para buscar patrones y vídeos sobre cómo hacer lo que nos hemos propuesto.

Así que ahí estaba yo, sentada con el portátil sobre el regazo, con los dos gatos ronroneando entre falda y cuello, chateando con mi poconovio, contestando al correo de las tejedoras y pensando: “¡dios! ¡cómo me gusta esta vida!

Son estos pequeños hitos diarios que me hacen pensar que ha valido la pena, que sigue valiendo la pena todo el esfuerzo. Son estos milagros diarios que me dejan caer en la cama con la sensación de haber conseguido algo especial, de ser alguien especial.

Es en estos momentos en los que me debo apoyar cuando el electricista al revisar la instalación de mi hogar, me mira con cara de haber visto a un enfermo terminal de cáncer o cuando aún medio dormida, se me rompe la puerta de la lavadora con toda la colada dentro o cuando descubro la trastada que me han preparado ese par de gamberros que tengo por compañeros de piso.

Hay que centrarse en lo positivo, hay que valorar los pequeños regalos que recibimos o que buscamos cada día. Buscar lo malo, lo negativo es lo fácil. El regodearse en el dolor, en las penas, en lo que no ha salido bien es más fácil, incluso más reconfortante, pero no es un pensamiento constructivo.

Compadecerse del destino de uno mismo tiene tanto de adictivo como de erróneo, porque el destino lo vamos tejiendo nosotros mismos. Puede que sigamos un patrón o que vayamos improvisando. Pero pienso que de vez en cuando deberíamos apartar la labor de nuestras manos para contemplarla y ver que aunque nos falte práctica, que la materia prima no sea de primera calidad, tampoco nos está saliendo tan mal.

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