viaje en el tiempo

Hace unos días que he extraviado mi reloj y cuando necesito saber la hora y no estoy delante de un ordenador, recurro al reloj del móvil.

Lamentablemente mi móvil está dando señales inequívocas de que le queda poco tiempo de vida y, ayer, viajando en metro, al querer comprobar si llegaba a tiempo a mi cita con a-gustín, mi peluquero, me llevé una sorpresa que me dejó totalmente fuera de juego.

Revolví el bolso hasta encontrar el dichoso aparatillo, deslicé la pantalla para que se iluminase y cuando ví la hora “7.46” (de la mañana) no entendí nada. Comprobé la fecha y leí: 01-Ene-2000.

Hubo un cortocircuito en mi cerebro y lo primero que pensé fue: no llegaré tarde a mi cita, sino que llegaré demasiado pronto, 11 años antes de lo previsto.

Levanté la mirada y me quedé atónita al ver que el vagón de tren en el que viajaba seguía siendo el mismo en el que me había subido unas estaciones atrás. Por unos instantes realmente pensé que me había transportado al pasado, para ser más exactos a una mañana del pasado y que estaba de camino a mi antiguo trabajo. Porque de hecho, estaba en la parada de metro que utilizaba por aquel entonces. El siguiente pensamiento fue: no puedo estar de camino al trabajo en un uno de enero porque es festivo.

Sí, un torrente de pensamientos totalmente absurdo, pero ya he dicho que sufrí un cortocircuito. Tal vez la senilidad de mi Ericsson esté alterando el proceso de maduración de mis células grises. Vamos, que no sé quién está más colgado, si mi móvil o yo.

Seguí en aquel vagón con una sensación extraña, pensando que en cualquier momento se abriría una ventana y que yo pasaría a un universo paralelo en el que aún tendría 26 años. Estaba por anular mi cita con a-gustín porque hace 11 años yo no necesitaba teñirme el pelo – al menos no con tanta asiduidad. Pero pensé que por aquel entonces a-gustín no tenía su establecimiento montado, de hecho yo no iba a su peluquería por aquel entonces y,  es más, yo no tendría ni su teléfono.

Busqué en la agenda del móvil y ahí estaba su teléfono. Así que en este universo a-gustín existía y  yo le podía llamar. Podía llamarle para que me rescatara de ese tren que me estaba llevando a un viaje sin retorno. Pero no al pasado, sino a la locura.

Entré en un bucle de pensamientos que empezó a asustarme. No por pensar que realmente había viajado en el tiempo, sino por sentir que mi cerebro no reaccionaba pensando algo tan sencillo como: el móvil señala una fecha errónea. En mi flujo de pensamientos, esa idea no terminaba de calar. La navaja de occam no era una opción para mí.

Bajé en la parada que me tocaba en esa tarde  de 2011, aún con el móvil en la mano, subí las escaleras y empecé a buscar relojes por las fachadas de las tiendas, dentro de algún comercio, hasta que al final pregunté a un chico que andaba mirando su propio teléfono. ¡qué cosa más arcaica, eso de pedir hora por la calle! Pero durante unos minutos me sentí totalmente desubicada y necesitaba saber la hora, el día y el año tanto como el aire que respiraba.

¿me das hora, por favor? le pregunté a aquel transeúnte.

“18.54” me mostró en el display de su Motorola.
Justo debajo vi la fecha: 19/01/11

Me quedé más tranquila, no había viajado en el tiempo.

Sabía de sobras que yo permanecía en mi realidad, que simplemente era una broma de mi senil móvil, pero aún así no me abandonó esa sensación extraña de haber sido teletransportada al pasado.

Pensaba que si me relajaba pensando que seguía en el presente, de repente, algo me confirmaría que no, que sí que había vuelto al pasado. Pero no fui capaz de recordar algo característico del 2000, algo que me sacase de dudas respecto al año en el que caminaba hacia una imposible cita con mi peluquero.

Pero entonces algo me alcanzó como un rayo, pensé que el tan temido efecto 2000 había tardado mucho en afectarme, pero que finalmente me había atrapado. Todos estos años yo había estado viviendo una mentira, un sueño, una realidad paralela.

Llegué a la peluquería y aún tenía una sensación de desarraigo, estaba totalmente desubicada y abstraída. Pensé que en cualquier momento iba a ver un gato negro pasar dos veces por la misma estancia. Error en Matrix.

Pero es lo que tiene la peluquería, que poco a poco vas desconectando de todo.

Así que  – poco a poco – la sensación se fue disipando hasta que desapareció totalmente.

Esta mañana se lo he comentado a mi compañera, Brazilaine, y ella me ha dicho entre risas que era obvio que era un error del teléfono, que estoy fatal…

Pero en seguida hemos recordado aquellos pensamientos que teníamos de pequeños

¿cuántos años tendré en el 2000?

¿y tú?

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