enajenación celular

Con cada día que pasa me siento más personaje que persona.

Esta semana he tenido otra experiencia extrasensorial con la familia escandinava que gestiona las entrañas de mi móvil.

Martes recibí vía movil la confirmación de la visita con mi dermatólogo. Me pareció un poco anticipado, ya que no tendré visita hasta la semana que viene. Al leer detenidamente el SMS de confirmación de visita, vi que no cuadraba el nombre de la doctora, ni el centro ni el día.

Así que llamé al teléfono que en el mismo SMS se ponía a mi disposición. Les comuniqué que yo no les conocía y que, por lo tanto, yo no podía haber concertado esa visita, pero, para mi sorpresa tenían todos mis datos. El efecto 2000 que hace menos de dos semanas cernía su sombra sobre mí, finalmente me atrapaba con sus garras. Podía sentir su gélido aliento en mi nuca, mi cortocircuito mental me sonreía invitándome a la enajenación momentánea.

La chica que estaba al otro lado de la línea debió tomarme por una loca o por una vieja con Alzheimer galopante, porque no entendía que su sistema informático se hubiese equivocado. Si ella supiese de lo que era capaz la tecnología… sobre todo en manos de alguien que no es capaz de distinguir entre nombres y apellidos de origen extranjero.

Como ella no supo solucionarme el problema, le dije que llamaría a MI centro dermatológico para confirmar que tenían registrada mi visita para la semana siguiente y que yo no me había liado llamando a un centro que no era.

Llamé y de nuevo, me tomaron por una locuela que tiene que confirmar las horas de visita que ella misma ha pedido. Colgué el auricular, dudando seriamente si había reservado en dos sitios diferentes por probar y que lo había borrado de mi mente y de mi agenda.

Así que volví a llamar al centro que me había remitido el SMS. Hablando con la paciente secretaria me enteré que eran el departamento de dermatología de un centro que yo había visitado por mis problemas endocrinos. En dicho centro, me comentaron un día que mi hermano se visitaba también con ellos. Lo recuerdo porque en aquel momento pensé ¡viva el secreto profesional! Pides hora y te dicen que tu hermano también acude a ese centro. Tal vez no sepas que tu hermano tiene problemas médicos o que tu hermano vive en la misma ciudad o que tan siquiera tienes un hermano, aunque esto no viene al caso ahora. Pero me hizo pensar que tal vez el que tenía visita era mi hermano y que se habían equivocado con el nombre.

Así que le llamé. Aproveché para ponerme al día con él durante más de media hora y finalmente me confirmó que él tampoco conocía a esa doctora, ni el centro y que, efectivamente, yo estaba un poco loca, pero que eso no era ninguna novedad para él.

Así que de nuevo llamé al centro. A estas alturas cualquier persona cuerda hubiese olvidado el tema. Pero yo quería llegar hasta el fondo de la cuestión. Quería dar cancha al espíritu detectivesco que todos llevamos dentro.
Hablé de nuevo con la secretaria, pregunté por ella por su nombre, como si nos conociésemos de toda la vida. Son las ventajas de que te tomen por una loca – la gente te sigue la corriente.

Le dije a Montse que seguramente había otra persona con un nombre parecido al mío y que se habían equivocado asignándome su visita a mi. Ella no me terminaba de entender, me decía:

–          ¿alguien con tus mismos nombres y DNI y fecha de nacimiento?

–           Nooo…
contestaba yo un poco desesperada. Desesperada porque con todo lo que yo decía no hacía más que consolidar mi imagen de chiflada

–          Alguien con un nombre parecido al mío, que seleccionasteis en la lista del ordenador sin querer y por eso os aparecen mi nombre y mis datos.

–          Pero ¿con tus mismos datos?

Debería haber colgado, cualquier persona en su sano juicio se hubiese despedido educadamente y hubiese dejado el tema.

Pero entonces pensé que justo la noche anterior yo había terminado el antibiótico que llevo tomando desde hace meses, que me quedaba una semana para mi siguiente visita con una dermatóloga que no me había solucionado nada en un año y, aprovechándome, de que me interlocutora tenía cada vez más claro que yo estaba mal de la azotea, le dije que este era un mensaje de más allá que yo debía seguir. O tal vez fuese una acción de marketing agresivo de su consulta y que yo iba a picar. Mi interlocutora silenció al otro lado de la línea. Definitivamente para ella yo estaba como una chota. La pobre chica ya no sabía si reír o colgarme.

Decidí que atrasara mi supuesta visita, así la persona que inicialmente tenía hora podría tenerla también. Montse no entendía nada. Ella estaba segura que yo había olvidado la cita que ahora le pedía cambiar, pero me siguió la corriente.

Debió partirse de risa cuando colgó el teléfono. No, creo que la oí reír justo antes de colgar. Aunque sí es cierto que a veces oigo voces extrañas en mi cabeza que me dicen que…

Hoy he ido a la enigmática consulta, y caminaba para allá con serias dudas de que les hubiese llamado para probar otro centro médico y lo hubiese borrado de mi mente o que alguien hubiese acordado esta visita sin consultármelo, ya que sabía de los problemas que sufro desde hace un tiempo. Todas mis suposiciones me provocaban escalofríos.

Entré en la consulta con todas estas dudas revoloteando en mi cabeza cuando oí que alguien le decía a una señora que peinaba canas y que no era yo:

–          Pase por aquí, Ursula

“¡¡Ajajá!!” Hubiese gritado en medio del recibidor. Pero no quería que me reconociesen enseguida como la loca del teléfono.

Ahí estaba la señora que debía haber recibido mi SMS. Tenemos el mismo nombre y compartimos mi segundo apellido aunque en orden diferente.

“¡No estoy loca, no estoy loca, no estoy loca!”, gritaban al unísono mis voces interiores.

Montse y su compañera, efectivamente, habían comentado mi bizarra llamada, porque Montse me presentó con las palabras:

“es la señora que te comenté ayer”

Para mis adentros pensé:
Señora es la Ursula que ha pasado por esa puerta. Yo soy una chica y no estoy loca, no lo estoy, no lo estoy… juajuajua (léase la risa que empleaba el mítico Ibánez en sus viñetas de Mortadelo y Filemón)

Al cabo de unos minutos salió mi tocaya del despacho de la doctora y me presenté a ella en alemán porque con esa planta, esos nombres y esos ojos nórdicos esa se-ño-ra sólo podía ser germana.

Las secretarias entendieron entonces por qué yo había pospuesto mi visita… ¡al fin!
Así la señora tenía su visita de seguimiento y yo mi primera visita, no se solapaba ninguna visita.
Ese pensamiento que a ellas les pareció tan retorcido e incomprensible ahora cobraba sentido. Pero por la cara con la que me miraban, no terminaban de comprender cómo yo podía haber pensado todo eso.
Para ellas seguía siendo una tipa rara.  Sobre todo porque me presenté a mi tocaya y lo hice directamente en alemán.

Finalmente entré en el despacho de la doctora y conocí a la médico que me tendía la mano sonriendo. Ella también había oído de la historia o histeria de una tal Ursula.
Así que ya me presenté como “la loca de ayer” y ella me contestó entrando directamente en materia
-“y ¿qué te pasa, señorita?”

¿señorita?
me regodee al oír esa palabra. Nos íbamos a llevar bien.

Después de visitarme, de mirarme a los ojos, de parar a pensar en silencio, me dijo lo que me recetaba. No eran más antibióticos, sino vitaminas.
Decididamente: nos vamos a llevar bien.

A partir de ahora no pienso poner en duda los mensajes que recibo en mi celular.

La familia Ericsson sabe mejor que nadie qué es lo que me conviene.

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