¿bailas?

Después de muchos cursos de danza del vientre, tribal, tribal gótico, ahora he optado por algo más clásico y más en sintonía con mi edad.

Ya resoplo yo por el comentario de la edad, tranquilos.

Pero es que me cansé de esas clases plagadas de chicas mirándose al espejo intentando discernir qué músculo había que mover para conseguir un dichoso paso. Me cansé de la frustración de ser consciente que jamás llegaría a realizar mínimamente bien cualquiera de estos bailes. Necesitaba un triunfo, una experiencia reconfortante y constructiva que sabía que no alcanzaría en una de estas disciplinas. Porque este tipo de baile requiere una disciplina que yo ni busco ni quiero.

Así que este año he optado por el Swing.
He optado por un baile que se baila en pareja y en la que el chico te ha de guiar.
Definitivamente, algo está cambiando en mi interior.
Porque todos los otros bailes eran única y exclusivamente para chicas, aunque a los que les gustase verlos fuese a los chicos.

Ahora no, ahora aprendo a bailar en pareja y ¡atención, atención!
El chico es el que me guía, él es el que lleva el control, a él he de seguir y – me encanta.
Sí, me encanta ceder el cetro del mando por una hora y media y seguir los pasos de los compañeros o taxis que vienen a hacernos de pareja de baile. Porque como chica, por mucho que tengas que saber tus pasos, el que te guía es el hombre.

Alguna amiga ya me dijo que eso era lo que peor llevaba, pero yo siempre he dicho que soy una chica fácil. User-friendly que se diría en inglés sin llevar a tanto mal entendido intencionado. Así que si hay que dejarse llevar, pues yo me dejo gustosamente.

Y en realidad no tiene nada que ver con ser una chica fácil, ni tampoco significa que me guste que me dirijan y me manden. No, lo que me gusta de este tipo de baile es ceder la responsabilidad, el no tener que pensar, el no tener que tomar decisiones, el dejarse llevar.

Porque la independencia y madurez están muy bien, pero a veces me agotan. A veces me gustaría poder sentarme en el suelo y hacer pucheros cuando algo no sale bien. Como cuando he colgado el nórdico recién lavado y termina cayendo en el patio del vecino o cuando voy a encender dos calefactores a la vez y salta de nuevo el diferencial, o cuando el último tranvía se escapa delante de mis narices.

En todas estas tareas cotidianas soy yo la que está al mando, la que corre con las consecuencias, la que ha de contemplar todas las opciones y decantarse por una.

Es por esto que me gusta bailar y que me guíen. Me gusta sentir la mano de mi compañero en la espalda indicándome hacia donde quiere que dirija mis pasos.

Hoy nos decía el profesor que no mirásemos nuestros pies, que olvidáramos nuestras limitaciones, que disfrutásemos del baile, que mirásemos a nuestro compañero a los ojos y nos dejásemos llevar.

No me lo ha tenido que repetir, que he agarrado a mi compañero de la mano y le he permitido llevarme.

 

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