viajantes

Anduve arriba y abajo estos últimos días. Primero fue Cambridge y justo después Dortmund.

Ahora está por ver si puedo cumplir con el último viaje, porque parece que mi cuerpo se niega a seguir este ritmo. Deben ser cosas de la edad.

También debe ser cosa de la edad lo de hablar con la gente. En todos los recorridos hablé con mis compañeros de viaje, incluso estuve escuchando conversaciones ajenas. Si es que esto de hacerse mayor y convivir con dos gatos convierte a cualquiera en una loca entrometida.

He de reconocer que no me gusta volar. Nunca tuve miedo hasta un día de tormenta volviendo de Santiago de Compostela. El apóstol debía estar de peregrinaje y se olvidó de velar por nuestro vuelo, porque aún recuerdo la cara con la que nos miramos mi cuñada y yo cuando, súbitamente, dejamos de oír los motores del avión.

Debe ser por eso que prefiero estar entretenida mientras vuelo.

Algo parecido le debía pasar a un joven de color que viajaba en la misma fila de asientos en la que estaba yo. Nos separaba una pálida joven.

Este chico ya avisó que tendría que ir en repetidas ocasiones al baño porque había bebido mucho, cosa que siguió haciendo una vez a bordo.

Fue ya cuando empezamos a descender que nos preguntó si teníamos un chicle que enmascarara los efluvios del alcohol. La chica pálida sonrió y le regaló uno y fue entonces cuando empezó nuestra charla.

Ambos nos empezábamos a relajar porque sabíamos que nos quedaba poco tiempo dentro del avión. Él inició la conversación preguntándome por mi trabajo. En inglés suenan mucho mejor las tareas de maquetación que realizo para una empresa de traducciones “I’m a desktop publisher in a localization firm”. Si hasta parece que sea algo interesante.

Pero él me dejó boquiabierta cuando me dijo en lo que trabajaba él
“I’m a professional poker player”
“¡Re-poker!” pensé para mis adentros. Eso sí que es una buena respuesta.

La chica pálida sonrió y abrió los ojos ante semejante contestación.
Asumió que no la íbamos a dejar fuera de nuestra conversación y finalmente se unió a nosotros.

Ella estaba o, mejor dicho, está en viaje por Europa. Es canadiense y después de dos meses en Londres se había propuesto viajar sola por Europa. Dijo Europa como si se tratase del Baix Llobregat.

Después de asesorarla un poco sobre nuestra ciudad. El “p.p.p” – professional poker player – que lleva 9 años en Barcelona viviendo de su juego  – le recomendó un buen hostal donde alojarse y un par de locales para salir de marcha. Yo le di mi teléfono por si le pasaba algo y se encontraba desamparada en nuestra ciudad condal.

Nunca le había dado a una desconocida mi teléfono, pero al ver a una chica tan jovencita y tan pálida, pensé que al menos debía tener el comodín de la llamada.

No es en lo que suelo pensar cuando le doy mi teléfono a un desconocido, pero esa es otra historia.

Ya de camino a Alemania me topé con un rotundo señor, que subrayaba sus afirmaciones con toques de su dedo índice en mi brazo. Cosa que descubrí que detesto.

Es un hombre de negocios que pasa algunas semanas al año en nuestra ciudad. En mi ciudad, diré, porque cuando comenzó a criticar a Catalunya, me vi defendiendo una lengua y una manera de hacer que, pese a todo, llevo muy dentro.

Me comentó que los compañeros de piso que tuvo siendo más joven no le ayudaron a aprender castellano porque se negaban a hablar en otro idioma que no fuera el catalán. Después de haber mantenido una conversación, si así se le puede denominar a las frases que intercambiamos, llegué a la conclusión que aquellos compañeros de piso lo que no querían era hablar con ese ser. Aunque hubiesen dominado su lengua, no le hubiesen dirigido la palabra. Yo debería haber hecho lo mismo.

A la vuelta entablé conversación con una entrañable pareja de Terrassa que volvía del mismo pueblo en el que había estado yo. Él, después de intercambiar unas frases, me preguntó si yo era del mundo de la publicidad. Cómo me hubiese gustado contestar que sí, pero no, yo le sonaba de algo y él pensó que era por pertenecer ambos al mismo sector laboral. Después dimos con la clave de por qué yo les sonaba y ellos a mi me resultaban tan familiares.

Ellos son Rosa y Agustin. Son de aquellas parejas en las que la mujer no deja hablar al marido y a él no le molesta, se preguntan fechas y lugares, recuerdan anécdotas y se llenan de orgullo al hablar de sus hijos y nietos.

Les comenté que mi próximo destino era Cerdeña y como ellos la habían visitado me prometieron mandarme links de los sitios donde ellos se alojaron.
Ayer ya recibí un correo de él.

Fue curioso porque les comenté que yo me guío por La Palomera, islote pequeño que hay en Blanes, para saber cuánto falta para llegar a Barcelona y resulta que ellos tienen piso allá. Esa era la razón por la que nos resultábamos tan familiares. Tal vez nos hayamos cruzado por el mercado, o al ver los fuegos artificiales o, simplemente, sea el salitre que envuelve nuestro corazón que hace que nos reconozcamos allá donde vayamos.

Nos despedimos dándonos la mano y asegurándonos que nos escribiríamos.

“un plaer coneixe’t” me dijo Rosa.

lo mismo digo

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2 comentarios sobre “viajantes

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