no me apodes

Cuando era pequeña mi madre se hartó de que la llamara por su cargo.

“No me llames mama” me dijo una sola vez y pienso que es desde entonces que la llamo por su nombre de pila. Lo que no entendí entonces es que lo que ella pretendía era que la dejase respirar tranquila y no reclamase su atención constantemente.

Y creo que ella me ha transmitido este -¿cómo llamarlo?- este “desagrado” por los apodos.
Aunque ella siga empeñándose en llamarme como hacía cuando yo era niña. Yo no era consciente de que lo hacía hasta el verano pasado cuando me llamó en medio de un super utilizando aquel tremendo nombre.  ¡Si incluso me tiene archivada así en su móvil! Cría a madres para esto.

Puede parecer obvio o absurdo, pero que alguien querido me llame por mi nombre me confirma que realmente está pensando en mí cuando reclama mi atención.

La primera vez que mi exposo llamó a casa de mis padres preguntando por mí, preguntó por el nombre de otra chica, lo cual provocó que mi madre empleara otro apodo para él.
En su defensa he de agregar que sólo habíamos bailado pegados una vez y a mí apenas me dió tiempo para endosarle mi teléfono.

Pero él nunca llegó a llamarme por mi nombre y yo nunca supe si tal vez no lo había llegado a aprender.

Hace unos años había un portero en el edificio en el que trabajo que me saludaba cada mañana con un:
“hola reina” o “hola chata”
y un día tuvo que encontrarse con mi real cara delante de su mostrador diciéndole cortés pero enérgicamente:
“para tí ni reina ni chata ¿queda claro?”
Creo que le debió quedar muy claro -cristalino- porque al día siguiente me saludó con un
“hola nena”
Ya he dicho que trabajaba aquí ¿verdad?
Nunca más se supo de él.

Y con lo de “nena” tengo la anécdota definitiva que confirma que si quieres algo de mí, llámame por mi nombre o por cualquiera de sus variantes, pero no me apodes.

Situémonos
Recién separada, discoteca, copichuela de más, caladas de algo parecido a un cigarrillo y baile suave que más bien podría denominarse contoneo.
Contacto visual con un chico malo.
Chico malo se acerca y comienza un baile que más que baile se puede denominar: arrimemos cebolleta para vender la mercancía.

Yo hacía años que estaba fuera del mercado y no sabía bien cómo seguir o cómo parar aquello. Tenía su gracia pero yo no tenía ganas de comprar nada esa noche.

El chico se hacía el interesante. No, la verdad es que lo era y me estaba tentando con su oferta, se movía bien, olía bien y se arrimaba aún mejor y tenía esa cosa en la mirada que siempre me ha fascinado. Esa mirada de “sé algo que tú no sabes”.

No recuerdo bien lo que me dijo porque yo estaba ocupada pensando en las consecuencias de cada uno de mis actos y el alcohol y lo que no era alcohol no me estaban ayudando en tan árdua tarea.

En mi casa me enseñaron que si te anuncias y vendes no puedes echarte atrás porque sino se te podría acusar de publicidad fraudulenta, vamos, de ser una calienta-braguetas.

No sé por qué le pregunté al ‘bad boy’ cómo se llamaba, tal vez porque me gusta llamar a las cosas por su nombre.

Él me contesto:
“Llámame como quieras, nenita
En esos momentos mi líbido que había estado en carrera ascendente, se desplomó, cayó en picado y se dió de bruces con el parquet de aquel local. Y al momento supe que no la podría revivir ni con un desfibrilador.

Me quedé mirando a aquel chaval y le dije señalando al suelo a unos metros de mí:
“¿ves eso de allá en el suelo? Es mi líbido”
y me solté de sus 8 tentáculos.

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