emocionalmente inestable

Cambiante, voluble, emocionalmente inestable. Esa soy yo.

Cuando mi primer sobrino era un bebé, recuerdo que nos visitó mi primo -el piloto- ese del que todas las primas estábamos enamoradas.
Mi sobrinillo tenía un día de los de hacer pucheros, los cuales intentábamos vencer a base de bromas, carantoñas y tonterías varias con las que solemos agasajar a estas indefensas criaturas.

Así estaba nuestro angelito: llorando, riendo, llorando, volviendo a reír.
Mi primo lo vió y soltó una de sus frases lapidarias:
“este crío es emocionalmente inestable”

Y desde entonces que empleamos ese término en mi casa para describir los estados de ánimo cambiantes. Esos de los cuales yo soy una experta.

Hace unos días, conducía de vuelta del médico y gracias a la lluvia me ví atrapada en un embotellamiento de cansinas proporciones. La ciudad estaba gris, no cesaba de caer agua del cielo, los peatones saltaban por en medio de los charcos para terminar empapados por las ruedas de algún autobús. Pese a ser media tarde parecía que fuese a anochecer y entonces la radio me dedicó una canción de esas que ni necesitas que incluya tu nombre, porque sabes que la han escrito para tí. Y me puse a llorar como una tonta, allá, en medio del atasco, en medio de la ciudad, en medio de mi coche. Suerte que él está acostumbrado a estas explosiones emocionales mías, así que no se asustó.

Apenas una hora después, tras haber hecho la compra de la semana, me encontraba de nuevo en mi coche, tarareando y bailando una canción dirigida a quinceañeras descerebradas – ¡vamos, ideal para mí!

Así que puedo estar pintando arco-iris con suaves pinceladas y al segundo siguiente emborronarlo todo con unos gruesos brochazos grises.
Por suerte tengo una amplia paleta de colores con los que suelo iluminarme después de haberme manchado de gris.

Las primeras veces que conduje a casa de mi poconovio, todo el trayecto era una montaña rusa de emociones. Salía de casa contenta, ilusionada, maquillada y recién duchada. Mi automóvil me recibía contento, con los caballos relinchando ante la expectativa de la carrera por el litoral.
Ese estado nos duraba hasta salir de la ronda de Dalt. Entonces, seguramente limitados por los 80km/h, nuestro motor comenzaba a rezongar y alguna vez tuve que pararme a la salida del peaje para tomar aire y encontrar la fuerza para meter la primera marcha y seguir adelante con aquel viaje sin retorno.

Y podría decir que “estamos trabajando en ello” pero sería mentira. Pero sí que trabajo en ver siempre el lado positivo de la vida – the bright side of life que cantaban los Monty Phyton.
Intento no caer en el lado oscuro, pero a veces la fuerza no me acompaña del todo.

Y hoy – hoy ha salido el sol. Mis pies me piden un paseo descalzo por la orilla del mar y el aire me promete primavera, poca ropa y besos. Sí, es mi asociación de pensamientos: calor, ir ligeritos de ropa y disfrutar del amor.

Ya sea el amor hacia la pareja, como el amor a los amigos, a las amigas, a mi hermana, a mi hermano, a los peques, a las pecas, a mis sobrinos, a mi sobrina, a mi única cuñada y a mi madre.

Es este amor que me da estabilidad y que tanto -tanto- me emociona.

 

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