números rojos

Hoy me sigo riendo, pero ahora me río de mí.

He alcanzado cotas insospechadas en mi escala personal de lerdez.

Me decía mi poconovio que no divulgase cómo se ha solucionado el tema de las pérdidas de agua de mi casa. Pero creo que, a modo de escarnio público, he de flagelarme en abierto.

Hoy ha venido el lampista y hemos comprobado todas las cañerías, al menos he aprendido algo sobre cómo funciona eso de los conductos del agua que mágicamente escupen agua en nuestros hogares.
Me han puesto un manómetro nuevo y cinta aislante en las juntas de la lavadora y el lavamanos. 2 horas de técnico para eso, aunque he de decir que la cinta aislante era blanca, a juego con el armario y las baldosas de la cocina. Si es que hay un nivel.

Hemos estado casi dos horas probando, resiguiendo cañerías, haciendo cábalas, suponiendo robos masivos de agua, alucinando con las cantidades que marcaba el contador de agua cada vez que tirábamos de la cadena o cuando encendíamos la lavadora.

Me decía el operario que con 4 clientes como yo, Aguas de Barcelona ya tenía hecho el agosto ¡y eso que estamos a marzo!

Cuando ya se iba el amable especialista, hemos comprobado por última vez los contadores y ha sido entonces cuando me he fijado en cómo calculaban los métros cúbicos los otros contadores.

Y entonces me he dado cuenta que pese a no haber ninguna coma ni punto, mi nuevo contador tenía decimales. Yo no estaba sumando miles de litros sino cientos. Los números rojos sólo llegan a las centenas. Los miles están en negro en la fila superior.

¡Adelante! Reiros de mí y señaladme con el dedo, sujetándoos la panza de tanta risa.

Yo misma me he llamado de todo, pero el alivio era tal que me da igual lo que nadie piense de mí. Nunca antes me había peleado con los números rojos de un contador de agua, yo siempre he sido de letras puras.

Entonces he informado a mi madre que ha respirado aliviada y muerta de la risa.
He llamado a mi poconovio para que se riese a gusto y cuando finalmente he llamado a mi hermana, ésta ya me ha contestado emulando la voz de una operaria de Aguas de Barcelona. Las buenas noticias corren en mi familia como la pólvora y, la burla es una expresión de cariño con la que nos demostramos nuestro más profundo respeto. Hoy se han quitado el sombrero ante mí.

Esta será una anécdota que pasará a los anales de mi historia.
Sus hijos me la recordarán al más mínimo error que yo cometa.
Son buenos discípulos, estos niños míos.
Aún se rien de mí rememorando la anécdota de cuando compré nuevos matamosquitos enchufables, ya que los que tenía no encajaban en mis clavijas verticales. No me había dado cuenta que esos enchufes asesinos podían girarse y adaptarse a clavijas verticales y horizontales. Si es que estos de Baygon están en todo, tú.

Finalmente sola en mi piso me pegué una ducha de órdago, tiré de la cadena del water, me lavé los dientes con una sensación de libertad, alegría y limpieza que hace tiempo no disfrutaba.

Entonces emprendí mi camino al trabajo. En el tren sonó mi móvil, lo cogí pensando aún en el tema del agua – aún no las tenía todas conmigo.

Miré el display del teléfono y -“voilà”- leí el número de teléfono de casa, de mi casa.
Pensé que podría ser mi madre haciéndome una llamada para seguir mofándose de mi estupidez.

Pero entonces ví mi nombre encima del número de teléfono:
Ursula Vidal
93 178  XX XX

Flipé durante unos segundos. Si yo estaba en el tren ¿cómo podía estar llamándome desde casa?

En realidad yo estaba soñando y el problema del agua no estaba solucionado. En mi sueño me llamaba para despertarme a la cruda realidad.

Todo esto me pasó por la cabeza en los dos segundos que tardé en atender la llamada. Mi móvil tiene la capacidad de enajenarme con unos cuantos politonos.

La explicación era mucho más sencilla: la mujer que me ayuda en la limpieza me llamaba desde el fijo de mi casa para consultarme algo.

Colgué y me reí a carcajadas en ese vagón de tren medio desierto, pero aún habitado.
Mi manómetro personal había subido y bajado de golpe, confirmándome que no tenía ninguna fuga demencial.

Pero es que no recuerdo haberme archivado en la agenda de mi móvil con nombre y apellido. Mi locura está llegando a tal nivel que en previsión de perder totalmente la cabeza, me archivo con nombre y apellido por si alguna vez olvido quien soy.

Mi compañera tiene razón cuando me dice que estoy fatal.

He llegado a la oficina y al rato ha sonado el teléfono fijo.
En el display he visto un teléfono desconocido y me he encogido de nuevo, porque apenas un puñado de personas tienen mi línea directa del trabajo.

Era el operario del seguro que me llamaba AHORA, 10 días después de mi primera llamada al seguro. No recuerdo haberle dado mi teléfono del curro, debo vigilarme más atentamente, porque empiezo a tener lagunas en mi mente.

“A buenas horas, mangas verdes”, le he respondido cuando se ha identificado.
Me sentía audaz sabiendo que mi casa no hacía aguas.

Entonces el chico quiso saber si estaba hablando con la persona correcta y me ha preguntado:
“¿Señora Catalina?”

He consultado mi agenda del móvil con la otra mano y he leído: Ursula Vidal

“No, se equivoca” le he contestado y he colgado.
Sabía yo que algún día me serviría tenerme archivada en el móvil con nombre y apellido.

Sí, seguid riendo. Catalina es mi segundo nombre.

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2 comentarios sobre “números rojos

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