soy “la de los gatos”

El lunes tuve fiesta y al comprar en el 10X10 de mi pueblo, la chica que atiende dentro de la tienda me reconoció como vecina suya.

Al comentarle que quería unos cubrecamas que no fuesen muy caros porque igualmente los destrozarían mis gatos, ella cayó en la cuenta de quién era yo.

“Eres la de los gatos” me dijo

Soy “la de los gatos”. Seguramente me llamen “la loca, la separada, la rara, la la la +  de los gatos”

Y no puedo decir que me disguste, porque peor sería que me llamaran “la guarra que no limpia la escalera”, “la lerda que no sabe leer el contador” o “la impresentable de los horarios intempestivos”.

Aunque si me llamasen así tampoco creo que llegase a mis oídos. Y ahora que lo pienso, tampoco me importaría. Nunca he dado importancia a lo que la gente dijera de mi.
Desde la época del colegio que me acostumbré a que la gente hablara de mí. Para bien o para mal la gente siempre opina. Empiezan de niños, cuando algunas comenzamos a vestirnos en colores oscuros o a enseñar más de lo que las otras entienden como correcto.

La gente siempre opinará, siempre hablará y  yo ya decidí hace tiempo que me daba igual lo que la gente dijera. Me importa lo que digan las personas cercanas a mí y tampoco todo lo que dicen.

El caso es que tengo que reconocer que desde que convivo con mis dos lindos gatitos que he encontrado la excusa perfecta para hablar todo el rato. Al menos cuando estoy sola en casa.
Sino tampoco necesito mayor excusa.

Recuerdo que de pequeña me avergonzaba este comportamiento de mi madre. Era la época aquella de la aborrescencia, en la que te piensas que estás de vuelta de todo y todo lo que tiene que ver con tus padres te parece tremendamente aburriiiido e intrascendente. Tu vida llena de cambios hormonales, incompresión y granos es mucho más apasionante ¿dónde vas a parar?

Hace poco me planteé hacer lo que mi progenitora hizo el primer día que viajó conmigo en tranvía. Nos subimos y buscamos un lugar libre para las dos en una isla de asientos para 4 pasajeros. Ella se sentó y saludó a los dos viajeros que ocupaban los otros dos sitios:
“Buenas tardes”, les dijo
y ellos, agradablemente sorprendidos, le devolvieron el saludo.
Casi renació en mí aquella adolescente insufrible, pero luego pensé que no, que mi madre había hecho lo correcto – saludar.
Muchas veces me he propuesto hacer lo mismo, pero he de reconocer que aún no me he atrevido.

Así que cuando llego a mi hogar, dulce hogar, aprovecho para largar y empiezo nada más entrar por la puerta.
Saludo a los gatos (cosa que no hice con los compañeros de viaje), les pregunto por su día, por la trastada que me han preparado, les agasajo con mis interminables apodos, contesto por ellos para poder seguir hablando en un monólogo sin fin.

Al menos he mejorado, porque antes saludaba al piso – eso sí que podía resultar extraño a ojos ajenos. Ahora, al menos, recibo una respuesta, aunque sea a modo de maullidos, bostezos o carantoñas varias para guiarme a la cocina y al cuenco de la comida.

Empiezo saludándoles y ya no paro hasta que les doy las buenas noches. Mis vecinos deben estar esperándolo para dejar de oír el runrún de mi voz. Creo que alguna vez he oído un suspiro de alivio cuando he apagado la luz de mi dormitorio.

Tal vez es que tengo un cupo de palabras por hablar y todas las que no dije los últimos 16 años tienen que salir por mi boca antes de que caduquen en mi interior. O simplemente la cruda realidad es que soy una cotorra.

Una cotorra sí, pero con dos gatos.

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