un par de cajones

Este fin de semana he invertido tiempo en mi casa y en mí. El cangrejo que llevo dentro se regodea de gusto.

He retomado las obras de renovación de mi hogar, después de exorcizar el espíritu de Kevin Costner y Brooke Shields.

Ahora me he centrado en mi dormitorio, pieza clave en mi casa y en mi cabeza.
Desde que escribo mi nuevo testamento que decidí que me regalaría una habitación de niña, toda en  blanco, con florecitas y cortinas etéreas flotando con la corriente. Y ahora la puedo tener sin consultarle a nadie. Una de las ventajas de vivir sola. La desventaja es que todo te lo has de currar y pagar tú. Sábado a primera hora se llevaron el armario oscuro con puertas correderas y a última hora me trajeron uno blanquito con puertas abatibles.

Ahora mi dormitorio huele a caravana nueva, ese olor a serrín que tan acogedor me resulta. Si grabo el sonido de las olas pienso que me sentiré como a orillas de la playa del camping en el que pasé todos los veranos de mi infancia.

Así que ayer pude ordenar toda mi ropa en ese espléndido PAX de 2 cuerpos.

Mis sujetadores finalmente han encontrado su sitio en uno de los cajones. Orgullosa por el orden se lo mostré a mi hermana. Ella, que conoce mi tendencia a los cajones de ropa interior desordenados, me espetó un

– A ver lo que te dura

Recuerdo la época en la que ella me ayudaba en las tareas de la casa. Una noche llegué y cuando quise echar mano a mi desordenado cajón de braguitas, sujetadores, medias, diademas y un largo etcétera de piezas inclasificables, me topé con un orden militar que me hizo tener escalofríos. Recuerdo que desoloqué todas las prendas para liberarme de aquella visión geométrica de mi ropa interior. Tanto orden en unas piezas que deben tapar zonas lúdicas no presagiaba nada bueno.

Mi exposo se reía de mí diciendo que mi orden era el de empujar todo dentro de los cajones y cerrarlos a duras penas. Yo siempre pensé que esa era la metáfora de mi vida y reía resignada ante tal ocurrencia suya.

Aparentemente, todo estaba en orden, pero en el interior todo estaba patas arriba.
Tenía otras prioridades por aquel entonces y yo no era una de ellas.
El día que puse orden en mi cajón de ropa interior fue para vaciarlo y llevarlo al piso de la independencia.

Aprendí la lección: mis prioridades empiezan por mí y mis cajones.

Creo que cualquier psicoanalista que hubiese echado un vistazo a mi cajón de la ropa interior de aquel entonces hubiese sabido ver todo lo que se cocía en mi ropa – y vida – interior.

Y ahora sé que podré mantener cierto orden.
Puede que haya semanas en las que se mezcle todo, pero sé que llegará el domingo en el que haga la colada, cuelgue cada prenda al sol para que se seque con su calor y con el aire que tan dulcemente mece la ropa que cuelgo en mi balcón. La descolgaré cuidadosamente tiempo después para meterla limpia, fresca y con olor a nuevo dentro de mis cajones.

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