ojos que no ven

Hoy caía en la cuenta que hace 3 meses que no sé nada de mi exposo ni de mi padre.

Un trimestre que ha pasado volando y yo no sé nada de los dos hombres que tan importantes han sido en mi vida. Es extraño, pero así son las cosas.

Cuanto menos sé de mi progenitor mejor estoy. No me veo envuelta en conversaciones sin fin en las que nunca sacas nada en claro más que tu propio malestar. No puedo llegar a entender cómo un padre puede pensar todas las cosas que el mío piensa de mi, sobre mi hermana, mi madre, mi hermano – sobre todo el mundo en general. Podría decir que no me importa y, en el 90 por ciento de los casos es así, pero el 10 por ciento restante me dice que es una pena. Una pena tenerlo todo y echarlo a perder así. Pero no seré yo quien se lo intente aclarar, ya no. Ya decidí hace un tiempo que no lucharía más por su aprobación. Ahora sé que nunca la tendré, siempre habrá algo que yo haga mal para volver a caer en desgracia ante sus ojos. Rompí su baraja cuando entendí que siempre tenía un as escondido en la manga y que yo siempre saldría perdiendo.

Y de mi exposo tampoco sé nada.

Curioso, era totalmente opuesto a mi padre, pero al igual que él, ha desaparecido de mi vida. Los dos hombres que me venían a la cabeza cuando nuestro monitor de fitcombat nos instaba a dar puñetazos con más fuerza, ya tampoco les invoco.

Esta mañana he salido de clase y es cuando me he dado cuenta que no he pensado en ellos.
Ya ni les tengo rabia o es que tal vez ya no les tenga en la cabeza y, por lo tanto, ya no pueda sentir nada. Algo siento sí, pero como cuando buceas y oyes ruidos fuera, esos sentimientos me llegan amortiguados y no impiden las enérgicas brazadas con las que me sumerjo en esta nueva vida.

Ambos tenían un punto en común, al menos en lo que a mí respecta. Nunca pude llegar a ellos.

Y ahora, mirando en perspectiva, creo que hice todo lo que estuvo en mi mano. Alguno me diría que no probé esto o aquello, pero yo probé lo que estaba en “mis manos” – que fueron muchas cosas – pero lo que no sé, no lo pude aplicar.

Pienso que probé cosas correctas pero con las personas erróneas. Podría haber intentado 100 000 tácticas diferentes y el resultado hubiese sido el mismo. Y ya no quiero usar más la cabeza en mis relaciones afectivas, quiero dejarme llevar.

Así que, con el paso de los días, semanas y meses, cada vez ocupan menos espacio en mi mente. A veces vuelven, a menudo aún, pero imagino que esto también se pasará. Debe ser como cuando dejas de fumar, que al principio no dejas de pensar en el tabaco, pero después, conforme pasa el tiempo, ya no lo necesitas. Incluso hay días que miras a algún amigo que fuma y te sorprende pensar que tú una vez también estuviste enganchada a eso.

Es el roce el que hace el cariño y sin él no quedan nada más que recuerdos.
Recuerdos que hacen de tí quien eres, pero que no son más que eso: recuerdos de algo que pasó.

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