a la cama nunca irás

Llevo unas semanas aprendiendo lecciones que tenía cateadas desde Septiembre. Desde Septiembre de no sé qué año. Creo que hay lecciones que nunca me enseñaron o que nunca quise aprender.

Mi poconovio, personaje recurrente en mi vida y por lo tanto, invitado especial en estas líneas, se frustraba el otro día por no dejar que me ayudara con bricolajes caseros para los cuales él está mejor preparado que yo.

En broma llegó a descalificarme. Creo que esto también me hace gracia. Mi exposo no aceptaba adjetivos calificativos de ningún tipo aunque éstos fuesen empleados en broma.
Que mi poconovio ahora me diga en un ramalazo de frustración -y siempre en broma- que soy una “gilip***” me enternece y me provoca unas tremendas carcajadas.
Sabe que si me lo dijera en serio yo acabaría con él en dos simples movimientos. Puedo quitar a alguien de en medio de ciento cuarenta y nueve maneras diferentes y, en veintisiete de ellas, sólo empleo el poder de mi mente. Así que no bromeo cuando le digo que sé que me teme, pero no lo suficiente.

El caso es que tuve que recapacitar sobre mi actitud. ¿Por qué no quiero que me ayuden?
¿por qué me emperro en hacerlo todo sola?

Una vecina de mi madre me comentó hace unos años en una conversación casual, entre portal y coche, que no entendía esta característica que ella asociaba con nuestra comunidad autónoma. No entendía por qué muchos catalanes no aceptan la ayuda de otros.
Me decía que si alguien te quiere ayudar incluso es feo no aceptar esa ayuda.
No sé si tiene que ver con ser catalán, gallego o andalúz, pero aún recuerdo que pensé que algo de razón tenía.

Allá quedó la cosa, en una conversación entre dos coches, uno que aparca y otro que se pone en marcha. Pero en algún lado de mi cerebro quedó registrada aquella aseveración.

Y cuando noté el malestar de mi poconovio, tuve que recordar cómo me sentía yo cuando él recurría a otras personas antes que a mí para ayudarle con su logística monoparental. Me sentía fatal que hubiese contado con otros antes que conmigo, aunque muchas veces yo no pudiera ayudarle, me ofendía que yo no fuese una opción para él.

Así que recapacitando, el otro día le dejé acabar una tarea que implicaba mi nuevo armario de niña, unos pomos y unos tiradores. Y ahora, cada mañana que abro los ojos y veo ese armario, finalmente completo, me alegro que él haya colaborado en ello.
No recuerdo con el mismo cariño a los chicos de Ikea que me lo montaron. Por algo será.

El otro día, él me dió indicaciones de cómo llegar a una casa en Premià de Mar. En cuanto ví el plano en internet yo ya tuve suficiente. Pero él quiso mostrarme todo el camino, por etapas, con detalles para que yo lo recordara. Estuve en un tris de decirle que cortara el rollo, incluso me vino a la cabeza la táctica cincuenta y siete para silenciar a tu contrincante, pero tuve que pensar en que él lo hacía para ayudar, para facilitarme la vida, no me estaba aleccionando ni dando por sentado que yo era demasiado estúpida para encontrar el lugar por mi propia cuenta.

¿Por qué pensaba yo eso? Si yo soy igual y nunca pienso que deba ayudar a alguien por alguna carencia intelectual o por mostrarme superior. Simplemente es colaborar para hacer las cosas más sencillas para todos.

Y, al día siguiente, después de hacer el camino a Premià en búsqueda de aquella casa que él me indicó, acabé encontrando a Sonia. Ella es una masajista que resultó ser dulce, abierta, pero a la vez profesional.
Según recorría el trayecto, me fuí acordando de todos lo detalles que él me había indicado para llegar hasta esta nueva persona y  – todo encajó.

Pensé que valió la pena, aunque me hubiese tenido que levantar a las 7.30 en un domingo. Pero valío la pena el trayecto en coche al lado del mar, siguiendo las palabras de alguien apreciado para llegar a casa de alguien totalmente desconocido pero que te cae bien nada más abrirte la puerta de su casa y oírle hablar con su perro. Todo cobraba sentido.

Si el camino es agradable tal vez haya más probabilidades que lo que halles cuando llegues a tu destino también lo sea.

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Un comentario sobre “a la cama nunca irás

  1. ¿Cuando fue la primera vez que necesitamos algo y no lo obtuvimos?, ¿en qué momento dejamos de esperar que el otro estuviera?. Yo no sé qué día la soledad entro en mi cuerpo, pero si sé que cuando sale produce frío. El frío me aleja del otro, el miedo que produce pedir enmudece mis necesidades. ¿Soy digna de ayuda?, esta claro que si. En la necesidad te expones.

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