nesesito una vacasión

Mi antiguo jefe decía “nesesito una vacasión”cada vez que marchaba de vacaciones o cada vez que él estimaba que se había ganado el sueldo. Es desde entonces que entre los compañeros de aquella generación decimos esta frase. Creo que algunos ya hemos desterrado la fórmula correcta porque esta nueva variación refleja mucho mejor el espíritu que nos invade cuando nesesitamos desconectar del trabajo.

Y yo la nesesito – la vacasión.
Parece que cuando se acercan festivos el cuerpo se vaya relajando y afloren todos lo males que mantenemos a raya con la tensión diaria.

Esta mañana mi cuerpo ya daba las primeras señales de entrar en modo de reposo y apenas respondía. Le he recordado a mi reflejo, que me observaba somnoliento desde el espejo, que sólo debía aguantar un día más. Resignado me ha fulminado con la mirada y me ha escupido la pasta de dientes a la cara, pero no ha logrado alcanzarme.

Y como siempre que se acercan un par de días de fiesta, el trabajo se acumula en la oficina y, en casa hay que atar un montón de cabos. Quien dice cabos, dice terratenientes o comandantes, todos ellos son chicos que más vale dejar maniatados.

Pienso que si uno no planease irse de vacasión, realmente no la necesitaría. Pienso que las horas extras que se hacen antes de marchar cubren con creces las horas que no se trabajará. Los preparativos antes de partir – en ellos incluyo las listas mentales previas –  y todo lo que hay que organizar y meter en la lavadora a la ida y a la vuelta, son la razón por la que necesitemos desesperadamente irnos por ahí.

Apenas he pensado en lo que quiero llevarme para los 3 días que pasaré en la casa y con la familia de mi poconovio. He pensado más en el sentimiento que me posee cada vez que voy a compartir más de 8 horas seguidas con personas que no soy yo.

Conmigo ya me aclaro, aunque a veces me caiga mal, me avergüence o me aburra. Pero mis varias personalidades y yo ya nos vamos concociendo y sabemos apañárnoslas.
Es cuando entran en juego factores desconocidos, que empiezo a comerme el tarro, a agobiarme, a querer ir por libre.

Y me recuerdo a mis gatos, que se ponen nerviosos cuando se ven encerrados, no les pasará nada por estar unas horas en una sola habitación mientras yo frego el suelo, pero ellos siempre buscan una vía de escape. Y yo soy igual, busco siempre una vía para poder escaparme, sí sé que la tengo, respiro más tranquila. En pocas ocasiones he tenido que emplearla y de eso ya hace el tiempo suficiente. Pero saber que existe la posibilidad de huir, de irme conmigo y mis neuras a otra parte me da la libertad de quedarme donde estoy.

Saberme encerrada en medio de la montaña me hace encogerme de hombros y ladear la cabeza intranquila.

Hay quien no entienda este sentimiento, yo tampoco termino de entenderlo.
Sólo logro explicármelo, diciéndome que debe ser que he estado encerrada durante mucho tiempo. Encerrada en una vida, acorralada en un yo que no quería para mí ni para nadie. Ahora ya sólo hago lo que yo quiero. Cuando hago lo que quieren otras personas, aunque sea consensuado conmigo, me sobreviene este sentimiento incontrolable de que no soy dueña de mis actos.

Y es que realmente no le debo cuentas a nadie más que a mi misma y esta libertad que siento amenazada es la que me hace erizar el lomo.

Seguramente vuelva el lunes y esté encantada de la vida, pero aún así, noto a uno de mis centinelas mirando a izquierda y derecha, oteando el horizonte, manteniendo una mano delante y otra detrás para protegerme.

Creo que lo que nesesito es una vacasión – pero de mí.

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