paciencia

Hace unos años, en una clase de danza oriental, la profesora en un intento por liberarnos de nuestra vergüenza al bailar y transmitir nuestro “arte” en público, nos dió una serie de palabras que debíamos representar en un baile en grupo.

Consensuar cómo bailar “la paciencia” con 5 mujeres más, requiere dosis ingentes de dicha paciencia. Creo que puse un ejemplo de paciencia en el trabajo y una de mis compañeras, con las que nunca había bailado y ya nunca más bailaría, me dijo que si yo veía así mi trabajo, que éste me sobrepasaba.

Aún recuerdo el gesto y el tono de aquella tipeja. Hay personas que no tienen ni idea de cómo relacionarse con otras, porque si en aquellos momentos intentábamos liberarnos de prejucios, vergüenza y complejos para fluir con la música, aquella actitud y palabras eran del todo contraproducentes.

Le comenté que tenía mucha paciencia para muchas cosas pero que para cierto tipo de tonterías no malgastaba la que tenía.

Y ando en reserva en mi depósito de paciencia para el menor de los peques de mi poconovio.

De ambos peques fue el que más fácilmente me aceptó, pero tiene días en los que me deja claro que mi presencia allá no es deseada. Su cara, su gesto y toda su ira me dicen que yo no pinto nada allá.

Y sí, sé que hay que tener paciencia, que con amor, cariño, perseverancia, paciencia y más paciencia nuestra relación fluirá. Pero después de tres días de malas caras, malas palabras, malos gestos, mi energía positiva para encarar tan árdua tarea está bajo mínimos.

Increíble que teniendo 32 años menos que yo, este niño me deje al borde del agotamiento con su rechazo.

Y me pide su padre que le entienda, que es así con todos… pero mi comprensión y mi paciencia son limitadas.
Cualquier madre me diría que debo sobreponerme y tirar adelante, pero, por algo no soy madre y lo que me viene a la cabeza es tirar la toalla.

Y busco en internet soluciones para ayudarme y todas me piden “paciencia”
y muchas me muestran imágenes de la madrastra de Blancanieves.

¿Así me tengo que ver? Como la madrastra mala.
No quiero usurpar el puesto de nadie, no quiero impartir disciplina a nadie, no quiero robarle el padre a nadie, ayudo a preparar regalos para la madre, acepto que papá lo hace todo mejor que yo, no llevo una cesta con manzanas envenenadas y entonces llego al punto en el que me pregunto si todo esto me compensa.

Ya tuve mi dosis de rechazo por parte de mi padre, de mi exposo y ¿ahora tengo que sentirlo por parte de una criatura que no entiende la situación a la que le han abocado sus padres?
Y encima me siento culpable por no estar a la altura, por no tener la capacidad de entender que el pobrecillo lo esté pasando mal y que no es consciente del daño que causa.

Y vuelvo a preguntarme si todo esto me compensa y no sé la respuesta.

Así que casi recojo estos sentimientos y me resguardo en aquella inexistente playa.

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