uptown girl

Hoy he subido al upper town de Barcelona. Para ello he cogido el metro y luego los ferrocarriles. Cuando he salido en la parada de Sarrià ya he visto que la gente, las ropas, los andares y -como no- los coches eran diferentes a los que suelo ver en mi entorno.

He subido caminando 4 manzanas (en este barrio deben ser Pink Lady y no simples Reinetas) en sentido ascendente y 4 hacia la derecha hasta llegar a Iradier, el “Club de Mujer”.

Al acercarme a la recepción he pensado que hoy era un mal día para ir vestida de roquera, pero luego he rectificado mi pensamiento: hoy era el día ideal para ir vestida de roquera – ideal de la muerte – que dirían ellas.

En la recepción había dos chicas anoréxicas y super pijas que se estaban apuntando al gimnasio. Es increíble pero hay un estereotipo de ropa, pero también de cara, de tono de piel, de gestos y ¿cómo llamarlo? de “languidez” estudiada en este tipo de chicas de familias adineradas.

No he podido reprimirme y me he tenido que acercar a ellas porque quería ver cómo rellenaban la ficha para darse de alta en el centro y de paso, ver si reconocía la marca de todo lo que llevaban encima. He mantenido, no obstante, una distancia prudencial.

Pero estas chicas deben tener un radar de mediocridad, porque la una me ha dirigido una mirada de soslayo -pero manteniendo su estudiada languidez- y ha agarrado más firmemente el bolso.

Le he devuelto la mirada, con mi mejor sonrisa quinqui.

Enseguida han llamado a otra recepcionista que me atendiera. O son muy eficaces o yo realmente desentonaba y querían evacuarme de ahí. Espero que fuese lo segundo.

Me han indicado el camino a la tercera planta – estética – después de preguntarme retóricamente “¿es la primera vez que nos visita, no?”

Arriba, he tenido que rellenar unos datos – por si desaparecía algo después de mi visita, obviamente – y enseguida me han llevado a la cabina para hacerme la limpieza de cutis que había contratado vía Groupalia.

La esteticién, lamento decirlo, me ha caído mal de entrada porque reía por cualquier comentario que yo hiciera, incluso cuando le he dicho que parecía que fuese a llover. Me ha respondido con una risa seca, fingida, hueca y para colmo me ha llamado señora. ¡Menuda desfachatez!

Nada más acostarme en la camilla me ha aclarado que el tratamiento que yo había adquirido por internet no es el que se suele hacer en ese centro, que obviamente era mucho más completo, a la par que caro.

Me he sentido un poco mal porque me ha dejado claro que yo era una cliente de segunda clase. Y para mis adentros yo pensaba: si esto lo hacéis para promocionar el centro ¿por qué ofrecéis servicios de peor calidad de lo habitual y encima lo dejáis tan patente?

Menuda técnica para atraer nuevos clientes: tenemos un centro espléndido, hacemos tratamientos geniales, pero la plebe que sólo pruebe lo básico, no sea que se acostumbre y quiera venir más a menudo a codearse con nosotros. Codearse con esos codos resecos y agrietados, ¡por Dior!

Me ha preguntado la señora esteticista donde vivía y me ha dado vergüenza decir la verdad. Así que le ha hablado el yo de mi antiguo testamento. He invocado a la “señora de” y le he contestado con un acento nasal: tengo una casa en la Palma de Cervelló. Y va y me responde que vive en el pueblo de al lado y si conozco a tal o pascual. Si ya sé yo porque no suelo mentir. Si había alguna posibilidad de volver a Iradier, con esa mentirijilla me he cerrado el camino. Aunque ahora que lo pienso, tampoco me ha ido tan mal lo de mentir, así seguro que no vuelvo.

Luego, para terminar de afianzar lo que pensaba de ella,  me ha preguntado si yo era del norte – por mi acento.
¿Acento? He pensado yo
Será que no hablo con la cantinela o nasalidad a la que ella está acostumbrada.
Así que sí, le he dicho que era de norte, concretamente del norte de Alemania.

Finalmente y, sin dar mucha más conversación, algo raro, pero que muy raro en mí, he salido del centro y, en la calle he respirado el aire a jazmín. ¡Si hasta huele de otra manera por estas latitudes!

Me he metido en el autobús, porque a mi no me esperaba el Audi TT en el parking y he visto una serie de anuncios de una empresa que se dedica a organizar aventuras amorosas, escarceos, romances clandestinos para personas casadas. Los cuernos de toda la vida, para entendernos. Y justamente hoy hablábamos de esta empresa en facebook.

Y me he preguntado ¿por que he visto estos anuncios en el upper town y no en el downtown? Tal vez es que no me he fijado, pero luego he pensado que no, que la empresa de publicidad ya ha escogido bien la ubicación de estos anuncios. Justo donde las adineradas y aburridas mujeres puedan ver que hay una alternativa vibrante a su lánguida vida y que no está en la sala de estética ni de fitness de ningún centro de la mujer.

Todo el camino hasta Esplugues me han acompañado estos anuncios, un camino plagado de los mejores colegios de la ciudad. Da que pensar.
Me imaginaba a las mamás pijillas recogiendo a sus pequeñuelos del colegio, sentadas en doble fila en sus imponentes coches, mirando de soslayo los carteles y memorizando disimuladamente la dirección de internet.

En mi barrio si te quieres hacer una limpieza de cutis, no tienes que subir 3 pisos en ascensor y si te quieres liar con un tío te bebes unas birras en el bar más cercano y listos.

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