plena

Hoy estrenamos un nuevo mes que nos invita a no quitarnos el sayo, sea cual sea esa extraña prenda que nos recomienda el refranero popular.

Y yo sigo con los cambios en mi hogar, dulce hogar. Sábado remodelamos el despacho que ahora me convida a sentarme a trabajar, a ser productiva… a cerrarle la puerta y salir a la calle a disfrutar del aire fresco, del sol y de improvisados paseos que conducen a un despistado y somnoliento vermú de domingo que nos sorprendió con su buen tiempo.

Ayer por la noche, después de recuperar el sueño perdido, me levanté a cocinar para la semana. Aunque fuesen las 10 de la noche, a mí me apetecía preparar los platos que comeré durante un par de semanas en la oficina. Entre sofrito, plancha y berenjena cortada me decidí a cambiar la ubicación del sofá.

Como no quiero que mis vecinos terminen odiándome por realizar estas tareas con tanta nocturnidad y alevosía, lo hice sigilosamente.
Si alguien me hubiese visto, seguramente habría pensado que estoy loca, cocinando y moviendo muebles a altas horas de la noche incorporando nuevos pasos de baile entre sala y cocina y todo ello al más genuino modo ninja, para evitar ruidos innecesarios.

No me terminó de convencer la nueva disposición de mi sala de estar, pero no por la disposición, sino por los muebles -heredados- que la componen. Pero en mi mente veo la luz, veo cómo sería con las piezas de mobiliario adecuadas. Lástima que mi cuenta bancaria no se ilumine con mi visiones. Y recordé la frase que repetimos entre aquellos compañeros de trabajo reconvertidos a amigos: “no te quiero por lo que eres sino por lo que puedes llegar a ser.”
Así que me gusta mi salón por lo que será cuando sea el fiel reflejo de lo que tengo en mente, como una recién casada aspira a remodelar a su marido y adecuarlo a la imagen que ella solita ha forjado en su cabeza. ¡Ilusa!
Cambia los muebles, cambia los ingredientes de tu receta preferida, cambia de horarios, que a tu marido no lo cambiarás nunca.

Volví a la cocina y desde allí oí las carreras arriba y abajo de ese par de gamberros que comparten mi piso y mi corazón. Decidí que esa era su manera de aprobar la nueva distribución.

Dejé la espátula con la que había removido la carne picada y fuí a sentarme a mi reubicado sillón y, mientras consultaba mobiliario en la red, les observaba en sus juegos.

Adam y Kev seguían a la carrera, saltando encima de los ya maltrechos sofás, recogiendo sus ratones de juguete, tentándome para jugar con ellos, escondiéndose debajo de las mantas, atacándose y cayendo finalmente rendidos al suelo, para finalmente acercarse a mí y colocarse uno encima de mí y el otro, a un lado, con las patas delanteras y la cabeza reposando en mi regazo.

Mi hogar olía a carne guisada, mi recién estrenado orden de salón volvía a estar patas arriba, pero miraba a estos dos bribones, ronroneándome y guiñándome los ojos como diciéndome: “nos congratula tu nueva propuesta de interiorismo.”
Y yo no hacía más que pensar que siempre quise un gato y que ahora tengo dos. Siempre quise poder reubicar los muebles del comedor y ahora también puedo hacerlo, aunque sea medianoche.

Siempre anhelé sentirme querida y ahora lo siento plenamente.

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