estáis llenos de complejos

Mi estimado padre nos solía decir que estábamos acomplejados.

Solía formularlo a su peculiar manera “¡Yo, chica, es que no me lo explico, estáis llenos de complejos!”

Hace un tiempo una amiga nos preguntó en una ronda de chicas y cervezas cuáles eran nuestros complejos. Daba por sentado que todas teníamos uno, varios o tropecientos y, como comprobamos, no andaba errada. Unas tienen complejo por estar muy delgadas, otras por tener poco pecho, por tener patorras, por ser demasiado peludas, por lucir naríz ganchuda o por tener un dedo índice más largo que el dedo corazón ¡Alto! ¿eso es un complejo? ¡Anda ya! Te lo cambio por uno de los míos pero ya.

Cada una tiene a su pepito grillo que le va susurrando cada cierto tiempo aquello que nos hace dudar de nosotras mismas. Y como yo le doy vueltas a todo hasta marearlo, mi particular esteticista disfrazado de saltamontes de cuento, me sermonea continuamente con mi sobrepeso, con mis patorras, con la mala calidad de mi piel.

Y lo hace constantemente, como un proceso en background que nunca para. Haga lo que yo haga, el maldito celífero no calla nunca. Estoy sentada a la hora de la comida y siento como él me mira por encima del hombro desaprobando lo que ve en mi plato. Salta a mi cadera y ojea el agujero del cinturón, que ahora está más tenso que hace un tiempo. Baja más y me estira los pantalones para restregarme por la cara que no los noto tan holgados como los llegué a notar cuando el desamor me robó hasta el hambre. Y así, este graciosillo insecto cae rodando hasta mis pies donde le cogería y le metería una patada para que se estampara contra la pared y así callara – al menos, durante algún tiempo.

No sé cómo cambiar este diálogo interno mío que no hace más que criticar mi apariencia externa.

A veces me gustaría poder mirarme en un espejo contemplando lo positivo, pero siempre termino bajando la mirada, encontrándome con mis zonas problemáticas.

Tal vez debería apoyarme en esa maravillosa balanza que utilizo para mis relaciones amorosas. Esa balanza que me indica si me compensa o no una relación. Debería tal vez emplearla para poner todo lo que me gusta de mí en un lado para ver entonces si compensa todo lo que no me gusta.

Ya me veo diciendo: sí, peeeero.

Y sí, sé que lo que importa es el interior. Yo misma nunca he dado mucha importancia si mis parejas estaban gordas o flacas, si eran altos o bajos, si eran peludos o no. Me gustaban y punto, tampoco sabría decir qué es lo que me atraía de ellos, porque era un conjunto de muchas cosas. No soy de mirar espaldas, traseros o abdominales masculinos.

Y pienso en todos mis seres queridos, y tampoco pienso en ellos desglosándoles en partes positivas y negativas. Son un todo y, de hecho, creo que dejo de verles desde fuera, porque lo que me interesa es su interior.

Entonces ¿de dónde sale este tirano que me habla con tan poco cariño y respeto? ¿Qué hago con él? ¿Por qué puedo permitirme flaquezas de carácter pero no estéticas?

Debería preocuparme mucho más la “mal-hablada barrio-bajera” que aflora cada vez que me siento detrás del volante y no tanto si el perímetro de mi cadera es el homologado por la UE o si mis piernas pasarían sin problemas una ITV.

Puedo culpar a la moda que nos esclaviza, a los comentarios de mis padres, a alguna frase desafortunada que oí en el colegio, pero en mí está el cambiar cómo todo eso me afecta. En mi está reconciliarme con este Pepito Grillo vestido de Versacce.

Pero no sé cómo hacerlo.

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