viviendo -sin más-

Llegó mayo. Este mayo repleto de cumpleaños, repleto de fechas a celebrar en hogares, jardines públicos y restaurantes de la ciudad condal.

Empezamos celebrando el cumpleaños de mi hermano. Decidimos sacarle de la cama y agasajarle con un desayuno contundente, hogareño, relajado, pero siempre condimentado de nuestras mejores bromas internas.

Por la noche me encontré con las niñas del cole para celebrar el aniversario de una de nosotras. Los 40 nos acechan y a veces nos cuesta celebrarlo, las arrugas, la rutina, los embistes de la vida que a menudo nos hacen caer…
Pero una maravillosa cena y un estupendo vino nos hizo constatar que lo importante es estar ahí. Lo importante es poder celebrarlo juntas. Y lo más importante de todo es retocar las fotos con Photoshop antes de publicarlas.

La mañana de domingo se despertó con aires de fiesta de barrio. Mi poconovio vino con sus peques y pasamos la mañana juntos. Mi madre se apuntó, como a todo lo que le proponemos últimamente.
Nunca habíamos visitado las fiestas del que fue y vuelve a ser mi pueblo y nunca me imaginé que yo lo fuera a hacer en compañía de un chico, sus hijos y mi madre. Nunca imaginé que pudiese ser tan divertido.

Pasamos la tarde juntos, comiendo, jugando, pintando. En la retina me quedan los juegos de los peques encima de esa butaca que un día regalé a mi exposo. Nunca imaginé que acabaría en mi piso de soltera – que no de divorciada – y jamás habría llegado a pensar que sobre ella jugarían dos niños.

Dos pequeños extraños que junto a su más extraño padre cambian mi vida cada vez que la compartimos. 3 extraños que extrañé nada más salieron por la puerta.

Más tarde, de nuevo a solas conmigo, quedé de nuevo con mi madre, mi hermana y sus hijos para dar la última vuelta por las fiestas que unen nuestros barrios. Podría haber bailado por la calle y creo que, de hecho, lo hice. Es una manera infalible para avergonzar a un joven sobrino.

Caminar por la calle, mirando chiringuitos, riendo, haciendo bromas, cenando unos grasientos churros y una coca-cola fueron el lazo perfecto para terminar el fin de semana.

Caí en la cama – y mi nuevo colchón – muy pronto y hoy me he levantado descaradamente tarde.

Tenía un regusto dulce en la boca. Tal vez por el pastel que le hicimos a mi hermano, tal vez por las risas con los peques, tal vez por la complicidad con mi chico, tal vez porque me encanta preguntarle a mi madre “¿te vienes?” y que ella venga sin más. Me encanta que podamos ir paseando por donde queramos, sin más explicaciones, sin más complicaciones  – viviendo sin más.

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