un, dos, tres – responde de una vez

El otro día me preguntaba una amiga mamá si ella se me hacía pesada hablando de su hija.
La verdad es que pese a no tener hijos, me encanta escuchar las historietas que explican mis amigas sobre su descendencia. Sobre todo cuando conozco a los individuos en cuestión y me lo puedo imaginar hasta el más mínimo detalle.

Durante mi antiguo testamento, una amiga con dos hijos y un marido con muchos puntos en común con mi exposo, me decía desde su deslucida sonrisa y sus agotados ojos que con lo niñera que yo era, que debía plantearme eso de no tener hijos propios.

Pero cuando me lo decía, ella misma reflexionaba sobre su marido, mi exposo y yo y, decidía aparcar el tema.

Desde que me separé que recuperé todo el espacio de mi mente para mí.
Y este es un privilegio que no quiero perder.

Me preocupa, apasiona e interesa todo lo que tenga que ver con mis seres queridos, sobre todo con mi pareja, pero aún así me siento libre. Mi humor no depende del suyo, mi salud no depende de la suya, mi vida no depende de la suya.

Compartimos espacios de nuestras vidas y yo le he cedido un espacio muy imporante en mi interior, pero sigue siendo mi interior.

Una compañera me decía el otro día que eso no era así, que tener un hijo no es perder la identidad. Tampoco afirmo que lo sea, pero sí que cambian las prioridades.
Si casi me pierdo a mí en mis 16 años de matrimonio ¿dónde acabaría mi yo más auténtico al ser madre?
Sepultado bajo montañas de pañales, ahogado por la responsabilidad y anulado por las rutinas.

Cuando le pedí a esta compañera que me respondiera rápidamente a esta pregunta:

– Dime quién es la persona más importante en la vida para tí

Ella no se atrevió a decir el nombre de su hijo, así que sonrió y me dijo:

– Sí, peeeero…

Y me parece estupendo, enriquecedor y de un nivel superior al que yo no juego.
Pero es que nunca he tenido mucha cabeza para juegos.

Pero sí sé que me gusta tener la cabeza libre cual pajarillo o tenerla repleta de pajarillos.
Me gusta la libertad que se respira en mi azotea.

Hay mamás condescendientes que me miran como diciendo “no sabes lo que te pierdes”
Y, efectivamente, no lo sé. Pero tampoco lo quiero saber.

Prefiero seguir con mi pájara de una manera irresponsable, egoísta, sin atenerme a niguna rutina, libre, malcarada, traviesa, a veces incoherente, dispersa, cambiante… mía.

Siempre mía.

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