vidas muy ajenas

No dejo de sorprenderme de las conversaciones ajenas que oigo en mis trayectos en tren.

Esto sucedió hace un año y ya se lo comenté a mis sospechosos habituales:

<<  Ayer, cuando subí al tren, me senté en un rincón vacío y dos
adolescentes se sentaron a mi lado.
Subí el volumen de mi MP3 para no oírlas… pero aún así no pude
evitar captar retazos de su conversación.

El caso es que las dos niñas iban comentando sus estudios, fiestas y
experiencias con chicos.
Una de ellas entonces le comentó a la otra que había tenido algo con “el negro”.
A lo cual la otra le preguntó algo que yo entendí como… “¿y cómo es?”
Yo pensaba para mis adentros que hablarían de los primeros e inocentes
besos que recuerdo yo a esa edad…

Y sí, reconozco que bajé discretamente el volumen de mi MP3 para oír
lo que respondía la otra chica, esperando una respuesta dulce,
romanticona, tonta…

¡tonta de mí!

Porque entonces la primera volvió a insistir: “¿la tiene gorda?”
Lo cual me ha descolocó totalmente… ¿qué tenían esas niñas? ¿14/15 años?

Pero a esas alturas yo ya estaba tan pendiente de la respuesta de la
otra que a punto estuve de zarandearla y preguntarle yo misma

y va y responde…

“Gorda no – larga” (lo cual acompañó con unos gestos de las manos que
mostraban el tamaño de “el negro”).  >>

De esto hace un año.

El sábado pasado iba de camino a Plaça Catalunya desde Sant Fé  en un vagón casi vacío.
Unos asientos por delante de mí viajaban un hombre y una mujer de cierta edad.
No sé si eran pareja, hermanos o conocidos, pero tampoco es relevante para la conversación que retumbaba en aquel compartimento de tren.

Comentaban que habían llegado tarde para ver a un conocido que se encontraba en su lecho de muerte.

Sí, cada edad tiene sus conversaciones.

La mujer se lamentaba porque no le dió tiempo a llevarle una figura de una virgen.

‘Está tallada a mano en madera’, aseguraba la mujer, como si aquello hubiese podido ser la medicina milagrosa que habría salvado a aquel señor, que otro Señor ya tendrá en su gloria.

Iban comentando esto y aquello del difunto.
Y entonces pensé que mis oídos me jugaban una mala pasada, pero no. Lo había entendido correctamente. La mujer había dicho:

‘El hombre tenía la almohada rellena de bragas’

Da igual la edad que tengan las personas que mantienen estas conversaciones, porque siempre consiguen sorprenderme e, incluso, asustarme.

Me vino a la mente aquella escena en la que Torrente olisquea las bragas de su vecina – la pescadera.

Al día siguiente comenté esta anécdota con las chicas de la oficina y ellas tenían las mismas dudas que yo.

¿bragas? ¿usadas?

De nuevo tuve que pensar en la pescatera de Torrente.

Otra preguntó:
¿suyas?
Eso no lo había pensado yo.

En cualquier caso espero que Intimissimi, Tezenis y Love Store tengan presente a este desconocido amante de la ropa interior femenina en sus oraciones.

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