pájara madrugadora

Esta semana he vuelto al gimnasio, lo que supone levantarse a las 6.30 de la mañana.

Unos segundos después de que sonara el despertador, mis pies tocaban el suelo y con ellos oía como cuatro pares de patas brincaban desde la cama al suelo en la habitación contigua a la mía.

Los amantes de los gatos me reprobarán: Pero… ¿no duermen contigo?
No, lo intenté, pero dos gatos, uno ronroneándote en la cara, buscando el contacto con tu boca continuamente y otro, a los pies, inmovilizando cada uno de mis movimientos a base de zarpazos y mordiscos, no son la idea que tengo de una noche de sueño conciliador.

Así pues me levanté e hice mi pertinente visita matinal al lavabo: Mis amigos gatunos me dieron los buenos días como hacen siempre. Yo sentada en el retrete, el negro estirándose hacia mis rodillas y como no, buscando mi boca. El blanco bostezaba y se estiraba desde el marco de la puerta para luego acercarse maullando a restregarse por mis piernas desnudas.

Mientras desenrrollaba el papel higiénico pensé en todas aquellas personas que se depiertan de mal humor. Cualquier animal de compañía cambiaría eso sin dudarlo por un instante, porque ellos no dejan lugar a dudas.

No me gusta la gente que tiene un mal despertar. Podría decir que no les entiendo, que no comparto su manera de ser, pero no, es más que eso. No me gusta la gente que tiene un mal despertar. Mi madre nos lo dejó muy claro desde pequeñitos: si estás de mal humor por la mañana es tu problema ¿quién eres tú para amargarle la mañana a nadie?
Y pienso que tiene razón, si duermes, duermes. Si estás despierto, estás despierto. Si estás de mal humor por la mañana, métete en la cama y no vuelvas a salir de ella hasta que no seas persona y, a poder ser, persona grata.

Con estos pensamientos he desayunado, he preparado la bolsa y me he vestido para ir al gimnasio.

Allá estaban todos los compañeros ya sentados en las bicicletas para que nuestra monitora nos machacase con música que fuera de esa sala no escucharía ni a riesgo de que me mataran.

Íbamos calentando motores a la par que hablando, riendo y haciéndonos las típicas bromas de gimnasio. La profesora se quejaba en tono irónico de lo charlatanes que somos y entonces he llegado a la conclusión que las personas que se levantan de mal humor nunca irían a un gimnasio a las 7 de la mañana. Porque si no, se volverían locas con las instrucciones de los monitores, se atabalarían con las bromas antes, durante y después de clase. Pero si llegasen sanas y salvas hasta el final de la sesión, definitivamente se desquiciarían con las conversaciones en el vestuario.

Hay muchas maneras de empezar un día, pero todas deberían comenzar con una sonrisa.

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