sonrisa parisina

Es miércoles, mi tercer día desde que volví de París de pasar el fin de semana con mi sobrino de 13 años.

Pese a lo que se pueda leer en estas líneas, en las que más que una chica corriente parezco una loca que debería estar bajo supervisión psicológica constante, yo me considero una persona alegre, divertida – facile e divertente.

Pero este finde con un adolescente de 13 años me ha recordado que hay cotas más altas. Me ha devuelto el concepto de “troncharse de risa”. Es esa explosión de risa en la que te quedas sin aire, con dolor de barriga, lágrimas en los ojos y miedo a no contener el pís.

No me había planteado estos tres días en la capital francesa como unas vacaciones – porque asumir la responsabilidad de un niño, porque aunque me saque media cabeza, sigue siendo un niño – sino que más bien me preocupaba que su madre me sacara a mí una cabeza -concretamente la mía- si se lo devolvía con el más mínimo rasguño.

Así que las risas que empezaron en el vuelo de ida y que no acabaron hasta que aterrizamos de nuevo en Barcelona me pillaron totalmente desprevenida.

Miro los vídeos absurdos que grabamos y no puedo más que seguir riéndome y echar de menos su compañía. La compañía del mejor compañero de viaje hasta la fecha.

Y llego a hoy, después de varios días y aún me dura la sonrisa.
La visita de mi poconovio también debe haber colaborado en mantenerla.

Esa es otra faceta adolescente en mi vida. Echar de menos al novio y alegrarse hasta la médula al volverle a ver, pensar que nadie más en el mundo puede querer más, ni sentirse más feliz, correr al teléfono esperando que sea él, ponerse las mejores galas para recibirle y combinar la ropa interior. ¡ay, no! ¡que eso no es de adolescente!

Si utilizase carpeta, la llenaría de poemas horteras, uniría nuestros nombres con un corazón y grabaría sus iniciales en mis bambas. ¡ay no! ¡que de eso tampoco gasto ya!

Con este maravilloso buen humor venía hoy hacia el trabajo, tarareando una canción, sonriendo, con ganas de saltar sobre una pierna como si estuviese jugando a la rayuela, cruzando a la carrera los semáforos y remixeando el poema que me escribió mi profesora de Castellano, la -Srta. Ruisech- en mi libro de poesías:

Hay más bajas que yo, más bajas.
Hay más puras que yo, más puras.
Hay más bellas que yo, hay más bellas.

Pero yo soy la reina

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