poliquistillosa

No me gusta la medicina alopática.

Vuelvo a caer muchas veces en su trampa, pero cuando salgo de una consulta y pienso en lo que me han dicho los médicos, en lo que me han recetado, en el tiempo que han invertido en decidir a lo que someterán a mi organismo, sólo puedo pensar que no me gustan.

Tengo ejemplos desde la infancia.

Siempre tuve problemas de oído y he sufrido todo tipo de otitís. Ya hace 20 años me limpiaban todo lo que se encontraba dentro de mi canal auditivo con un aparatillo lo más parecido a un aspirador.
Así que cuando hace sólo 5 años otra médico me intentó introducir una solución líquida con una jeringa metálica, sosteniendo en la otra mano un cuenco en forma de riñón para recogerlo todo, me levanté y me fuí de su consulta.
Yo tenía agua en el oído y ¿ella pretendía arreglarlo con más agua? Le dije que esas jeringas siempre me habían causado más problemas que soluciones y me contestó que eso era imposible.

No la insulté como hice a los 4 o 6 años con el practicante que venía a casa a agujerearme el trasero con inyecciones de penicilina. Pero tampoco dejé que se saliera con la suya.

En aquella otra ocasión cuando el ogro de los pinchazos le dijo a mi madre que necesitaría otra tanda de inyecciones, yo le grité desde mi voz de niña: ” vete a la mierda, gilipollas” y salí a la carrera de mi habitación.

A la otorrino nueva no me hizo falta decirle tanto, con los años he aprendido a ser más sutil. Simplemente le dije que conmigo no ejercería sus prácticas medievales. Me levanté y salí de aquella mazmorra en la cual aún retumbaban los agonizantes gritos de los esclavos que estaban siendo torturados en los lúgubres y húmedos recovecos de las demás celdas que ellos llamaban “consulta”. O eso es lo que me pareció oír cuando me alejaba de allí. También podría tratarse de los ecos que retumban dentro de mi estropeado cerebro.

Me desmayé a los 13 años en el colegio y me trataron 5 años de epilepsia por ese episodio aíslado.
Sí, mis encefalogramas no eran normales, pero me gustaría saber qué porcentaje de la población tiene un encefalograma normal.

25 años depués recetaron la misma medicina a un familiar y aún está sufriendo las consecuencias.
25 años después y siguen recetando la misma mierda.

Hoy he visitado una consulta holística que cuenta con terapias naturales, homeopatía, acupuntura, masajes y un largo etcétera de medicinas alternativas.
Y cuando salí de allá caí en la cuenta: aquel desmayo a los 13 años lo provocó lo mismo que sufro ahora – un desarreglo hormonal.

¿por qué me habrá costado tanto asociar una cosa con la otra?
Ah, sí, claro, por mi encefalograma anormal, será por eso.

Mis problemas hormonales empezaron a causar estragos en mi salud y vida social hace unos 3 años.
Sí, poco antes de separarme. Creo que mi cuerpo me estaba dando señales inequívocas que esa vida me estaba matando. Tal vez exagero, sí exagero, pero algo iba tremendamente mal y mi cuerpo me estaba alertando.
Curioso que a mi exposo le detectaran diabetes y que yo, un año más tarde, empezara a generar demasiada insulina.

El caso es que antes de saber nada de lo que tenía, me fuí al CAP de mi pueblo para comentar los mareos, los tembleques, la visión borrosa y los poco glamurosos problemas de estómago que me hacían rehuir espacios cerrados en los que no hubiera ningún lavabo cerca.
Dejé de ir a comprar sola porque me mareaba, dejé de ir a muchos sitios porque me entraba una claustrofobia agobiante cuando no veía una vía de escape. Aparecían los sudores, los mareos, las bajadas de presión, los oídos tapados, la frustración por no saber qué me los provocaba.
La falta de independencia que esto me causaba me estrangulaba y me oprimía los pulmones.

Y la doctora del CAP decidió que eso era estrés y me dió ansiolíticos.
Con sólo una mirada me diagnosticó: “esta es una histérica, ¡dopémosla!”

Sé qué es el estrés y eso no lo era. Pero con dos pastillas de aquellas me podrían haber ingresado en un manicomio sin necesidad de firmar ninguna autorización. Sólo tomé dos pastillas y pasé las noches más terroríficas de mi vida, llenas de pesadillas, sudores fríos, despertares asustados y llenos de lágrimas.

Entonces pensé que así tenían a media población: tienes algo, te suministramos alucinógenos, somníferos, narcóticos o estupefacientes de cualquier tipo y así te dejamos fuera de juego y nos dejas vía libre para seguir drogando al resto de los mortales que creen que la medicina está aquí para ayudarles.

La medicina es un negocio como otro cualquiera y ahora vivirá su mejor momento.

Ya no tenemos el boom de la construcción, ahora tendremos el boom de las aseguradoras privadas ¿no habéis notado cómo nos acribillan con su publicidad? O cómo nos hacen creer que al más mínimo síntoma nos podemos atiborrar de medicamentos.

Si hasta la endocrina ante mi duda de empezar a tomar una medicación por miedo a que me afectase al higado me contestó: “el higado es fuerte, ese aguanta.”

Lo mismo deben pensar las farmaceuticas de nosotros: “estos aguantan.”
Ellos van inventando sus productos y nosotros vamos tragando.

Pero eres tú la que decides

¿la pastilla roja o la azul?

.

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