generation next

Ayer nos reunimos en casa del ingeniero dicharachero y su mujer.
De nuevo nos visitaba el chaval pratense y, como era de esperar, rememoramos épocas pasadas.

La roquera y yo revisamos un álbum que contenía las múltiples fotos y fotomontajes que hemos acumulado durante la última década y, constatamos que, efectivamente, nos hemos hecho mayores.
Algo obvio, al ver corretear a la hija de nuestros anfitriones por el patio, pero no por eso menos chocante.

Las fotos en las que sonreíamos a la cámara nos mostraban como éramos 3, 5 y 10 años atrás. Las mismas personas pero en otros cuerpos y otras caras.

Ahora somos los Seniores de nuestras respectivas empresas. Ahora cuando contratan a alguien nuevo, la fecha de nacimiento en su carnet ya no muestra algún año de la década de los 70, sino de los 80 o incluso de los 90.
¡Pero si en los 90 yo estaba bailando en la discoteca al ritmo de Milli Vanilli!
¿¡y ese mocoso no había ni nacido!?

Tremendo esto de hacerse mayor, tremendo pensar que el conductor del coche de al lado no puede haber superado la mayoría de edad y que debería ir en bici más que manejar un automóvil.

Tremendo tener recuerdos que no se ciñen tan sólo a los 5 años anteriores, sino a la decada anterior, y si nos remontamos un poco más atrás, ¡nos ponemos en otro milenio!

Somos una generación con historia. La nueva generación incluso pueda pensar que ya somos historia.

El otro día, volando a París con mi sobrino de 13 años, él me contaba como a Pamela Anderson le había explotado un pecho en un avión.
¡Si hasta las leyendas urbanas se están reciclando! Esta juventud no muestra respeto por nada ¡menuda desfachatez!
Le dije que eso le había ocurrido a Ana Obregón y el chico me miró con cara de “¿quién?”
Terminé explicándole que era una leyenda, que no era verdad, sin centrarme en qué milenio se empezó a propagar dicha historia. Pero me hizo gracia pensar que hasta estas anécdotas del todo banales se van adaptando a los nuevos tiempos que corren. Antiguamente ¿qué historietas se inventaban?
¡A la hija del párroco le ha dado una coz el caballo del herrero y por eso se le ha hinchado el pecho!
¡Ah, no, claro, por aquel entonces no había implantes mamarios!

Recuerdo que hace unos 20 años mi madre me dijo que ella se había quedado estancada en los 15. Su cuerpo seguía creciendo, pero mentalmente ella se sentía como una niña de 15 años. Recuerdo que al rondar yo la edad que ella citaba, la miraba y pensaba que estaba como una cabra. Ella era mayor para mí, ella era la adulta.

Ahora soy yo la que tiene casi 38 años y me sigo sintiendo en muchas ocasiones como si tuviera 22. Pero entonces me encuentro con el espejo o con alguna foto que me dice que no, que de eso hace ya 16 años.

Mentiría si dijese que no me asusta envejecer. Me asusta y mucho. Me da miedo no poder valerme por mí misma, tener achaques, no poder vivir como hasta ahora. No temo la muerte, eso no, pero me da miedo perder independencia con la edad.

Pero respiro profundamente y pienso que “whatever will be, will be”.
Al final mi sobrino llevará razón y yo tendré “canciones antiguas” para cada ocasión, como me dijo hace un tiempo.

No sé cómo será el futuro, como tampoco puedo cambiar mi pasado. Así que me queda el presente, el ahora, el ya.

Y es este “ya”que me apasiona, que me cae bien, que me gusta como me hace sentir, que me encanta como me llena y como me hace pensar que sí, que soy una mujer con un pasado, el cual recuerdo, pero el cual no anhelo porque things can only get better.

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