treinta y tantos

Mañana caerán los 38 y creo que es la primera vez que no me termina de ilusionar un cumpleaños.

Me apetece celebrarlo con mi poconovio, con mis amigas y mi familia, pero una parte de mis treinta y tantos le ve las orejas a los 40 tacos y ¿cómo expresarlo? – ¡ah, sí! así: ¡Maldita la gracia!

Ya sé que la edad está en el corazón o como tantos me dicen señalándose el pecho: la edad está aquí. Curioso que sólo me lo digan personas que han sobrepasado la barrera de los cuarenta. Mis sobrinos no se señalan al pecho para decirme de dónde les sale la edad. Debe ser que les queda mucha por gastar.

Lo que me pasa a mí es que me señalo al pecho y es entonces cuando me doy cuenta que ya no se encuentra donde solía estar, porque ya hace algunos años emprendió su camino al abismo. Ahora temo sentir el frío suelo cada vez que me saco el sujetador. Sí, una exageración porque mis pechos siguen desafiando la ley de la gravedad, pero últimamente recuerdo ese chiste con demasiada frecuencia.

Ya no puedo saltarme o posponer mis visitas al peluquero porque sino la raya que divide la juventud y la vejez quedaría ostentosamente subrayada por las canas que pueblan mi ya senil cabeza.

No puedo olvidarme la crema matinal ni la nocturna porque sino mi piel empezaría a exigir vehementemente su dosis de hidratación como un yonkie reclama su chute, sin miramientos, sin concesiones.

Y ya ni hablar de la crema para las piernas: reafirmante, remodelante, requete-cara y inequivocamente frustrante

La edad es la que marca este viaje.

Recuerdo cuando tenía 18 años y me echaban hasta 27 y yo me sentía orgullosa al parecer tan madura. Si ahora me echasen 9 años más creo que me iría a la clínica más cercana para inyectarme botox sin ningún tipo de miramiento.

Los 27.
Si tampco hace tanto tiempo de aquello, pienso, pero luego el calendario, mis manos y mi conciencia me dicen que de eso hace mucho más de lo que a mí me parece.

Es curioso como a veces no ves llegar el momento de algo, entonces el tiempo se alarga como un chicle exento ya de su sabor inicial y, en cambio, en otras ocasiones pasan las semanas, incluso los meses y, cuando te quieres dar cuenta ya ha transcurrido un año y allá estás tú, preguntándote con cara de lerda ¿dónde ha quedado el tiempo?

En tí, el tiempo se ha quedado en tí.

Si lo buscas lo encontrarás, en forma de finas líneas que surcan tu cara, en el color de tu pelo o en el tamaño de tus orejas.
¿Por qué no dejarán de crecer la naríz y las orejas con la edad? ¿No podría aumentar el volumen de los labios, el espesor de las pestañas?
No, son las orejas y la naríz. Si es que la edad tiene algo de lobo de cuento.

¿Por qué tienes las orejas y la naríz tan grandes abuelita?
Por hacerme mayor.

En realidad el cuento era así y el lobo acababa en un asilo y no el fondo del río
¿o ese era otro cuento?

Cuando iba al colegio me parecían eternos los meses entre pascua y verano. No veía el momento de tener vacaciones, de abandonar las aulas para dedicarme de pleno al dolce fare niente de cada verano. – Aquellas vacaciones que duraban dos meses y medio –

Ahora mi cumpleaños llama a la puerta y yo pienso ¡pero si aún me quedan huevos de pascua en la nevera! Si me entretengo un poco más tendré que empezar a pensar en la repostería navideña.

¡Dios! ¡Que alguien pare esto! Que alguien coja al maldito conejillo del cuento de Alicia y lo ate a un poste y que se pare el tiempo.

No para siempre, pero tal vez por un tiempo.

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Un comentario sobre “treinta y tantos

  1. La nariz, las orejas y el diámetro de mi espalda (que no de mis tetas, ayns!!! qué desgracia más grande!!!)
    Me meo con cada párrafo, niña!! mira que tienes gracia, jodía!!

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