sorpresa, sorpresa

La víspera de mi cumpleaños, mi poconovio llegó pasada la madrugada a mi casa.
Yo ya estaba durmiendo o al menos lo intentaba y, apenas le hice caso, por miedo a desvelarme.

No sé si será cosa del calor o de la edad o simplemente de las ventanas abiertas que dejan entrar más ruido del exterior, pero últimamente me cuesta dormir. ¡Iba yo sino a dejar que tal invitado no recibiera la más cordial de las bienvenidas!

La mañana de mi cumpleaños me levanté la primera y me encaminé al baño.
Nada más entrar en el salón ví la mesa que mi poconovio me había estado preparando.
Es reciclada y él se ofreció a lijarla, pintarla y barnizarla, además de dotarla de movilidad con 4 ruedas nuevas de trinca.
Esta preciosa pieza de decoración debería haber hecho su entrada triunfal en mi hogar el próximo domingo. O eso es lo que él me dijo.

Pero no, jueves por la mañana ya la tenía allá, dándome los buenos días y deseándome un feliz aniversario. Me tuve que sentar en el sofá para tomar aliento. Lo cual aprovecharon los dos granujas gatunos que habitan entre mis cuatro paredes para recibir su sesión matinal de mimos.

Entre caricias, ronroneos y algún que otro arañazo, parecía que me quisieran decir:
“No te enteras bípeda. Tú durmiendo, y el otro humano, el macho que nos visita asiduamente, introduciendo elementos externos a nuestro ecosistema con nocturnidad y alevosía.”

Hice oídos sordos a las peticiones de los dos felinos de castigar oportunamente a ese bípedo masculino que se permitía tales licencias y, volví al dormitorio para despertar a mi ebanista transportista clandestino.

La sonrisa de él cuando comenzó a desperezarse es algo que no me quito de la cabeza desde entonces. Allá estaba él medio dormido, pero satisfecho de haberme sorprendido de nuevo. Sólo le faltaba encenderse un puro y decir: “me gusta que los planes salgan bien.”

Tiene esa capacidad de urdir planes con los que sorprenderme y además hacerlo de una manera positiva.
Sé que sueno empalagosa, pesada y ñoña, pero nunca he vivido algo así, nunca.

Las sorpresas que viví a finales de mi matrimonio eran totalmente opuestas a éstas.
Eran de las que no quieres terminar de creer porque si lo haces, serás consciente de lo que significas para tu pareja. Sorpresas que no deberían pillarte por sorpresa porque no son las primeras ni las segundas ni las terceras.
Sorpresas que te dejan claro la importancia que tienes para tu pareja, sorpresas que te dan una perspectiva de tu relación, que hacen que tu autoestima baje un par de escalones más y te preguntes por qué sigues haciendo el gilipollas después de tantos años.

Y ahora me encuentro con este hombre que… que… que me deja sin palabras.

Pero no puedo dejar de pensar:
¿qué mujer en su sano juicio deja escapar a un hombre así?
Tal vez la pareja que ahora esté con mi exposo piense lo mismo.

Lo que para una es un sueño para otra puede ser una pesadilla.
Yo sólo sé que no me quiero despertar.

 

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