big brother

Ayer tuve que pasarme parte del día en la cama por unos problemillas de estómago.

La dieta que intento comenzar cada lunes y que cada martes abandono resignada al contemplar mi ajetreada agenda, me dió un ultimátum: o dejas de pasar de mí o te condeno a un número ilimitado de visitas al lavabo.

Intentaré hacerle caso a la dieta ya que parece que sus amenazas van tomando cuerpo.
El mío, de hecho.

Estaba en la cama pues, intentando dormir y no sé por qué me vino a la mente un juego al que jugábamos mi hermano y yo de pequeños.

Las noches de luna llena en el camping servían para dos cosas:
1ª: para bañarse desnudos en el mar y pedirle un deseo a la luna, y
2ª: para anunciar al menos tres días de gran oleaje.

En la primera tradición campero-estival sólo solíamos participar las chicas, acompañadas de las mujeres. Parece que el sexo femenino no se cansa nunca de pedir deseos imposibles.
Y qué mejor aliada que la luna ¿no?
Así que en ese encuentro exclusivamente de féminas no se podía encontrar a mi hermano. Pero en la segunda actividad participábamos todos y ahí sí que estaba él.

Él y yo aprovechábamos aquellas jornadas de olas à la Hawaï 5.0 para cabalgar sobre ellas con los restos de una barca neumática que terminó sus días como colchoneta hinchable.

Ambos nos sentábamos a horcajadas sobre la colchoneta y cabalgábamos las olas cual jinetes del apocalipse.
Terminábamos irremediablmente en el remolino de agua que se forma en la orilla y cada uno acababa arrojado varios metros más allá. Pero había que reaccionar rápido porque la improvisada colchoneta solía acabar mucho más lejos y con ganas de continuar sus aventuras en solitario.

No sé si algún día aquella colchoneta que era rosa por un lado y azul oscuro por el otro, salió volando o si los embistes contra la orilla acabaron con su vida, pero lo que sí sé es que llegó el día que nos quedamos sin caballo acuático. Y por aquel entonces, si algo se rompía o se perdía, papá y mamá no lo reemplazaban, simplemente tenías que aprender a vivir sin ello.

Así pues, mi hermano y yo tuvimos que inventar una nueva estratagema para hacer de los días de olas algo más peligroso o más complicado que simplemente lanzarse de cabeza contra una ola gigante. Decidimos que debíamos ir cogidos de la mano siempre. No nos podíamos soltar pasase lo que pasase, lo cual es más fácil de decir que de hacer cuando una ola te agarra, te gira a derecha e izquierda y te arrastra con la espuma hasta fuera del mar. Además, así si uno de los dos se acercaba más al lugar donde las olas rompían contra la orilla, el otro no podía ser menos y no podía o debía soltarse de la mano y huir acobardado. Ese era el reto.

Para complicarlo un poco más debíamos entonar una canción que nosotros mismos habíamos inventado y que nos daba un asco tremendo. Recuerdo que nos la cantábamos con el mayor sentimiento posible para provocarnos así más rechazo aún.
¿Para qué en realidad? Pues para que lo de ir cogidos de la mano resultase más insufrible si cabe.

Vaciarse la parte de abajo del biquini de toda la tierra que rellenaba el forro de nuestro bañador después de habernos revolcado entre mar y orilla era una tarea un tanto complicada si sólo la podías llevar a cabo con una mano. No recuerdo si para vaciarse los bajos podíamos soltarnos las manos. Pero sí que recuerdo la sensación de llevar los calzones llenos de piedrecillas.

También recuerdo las vueltas que daba debajo del agua, con el miedo a no llegar a la superficie a tiempo para tomar una bocanada de aire, como también recuerdo los arañazos en los costados y el sabor a sal cuando tragaba agua por la boca o la naríz.

Pero eso no nos hacía salir del agua. Tampoco lo hacían nuestros padres, porque de hecho, no había nadie para vigilarnos. Y nunca nos pasó nada.

Y allá estaba yo ayer, postrada en una cama recordando esos juegos de infancia cuando sonó mi móvil. Miré el display y ví el nombre de mi hermano. ¿Telepatía?

Le pregunté cuál era la canción aquella que tanto asco nos daba y me la cantó:

nos quereeeeeeemos taaaanto y sooooomossss inssssseparablesss.

También me contó de dónde salió, pero esa es otra historia.

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