underworld

Hoy he vuelto a recordar por qué dejé de ir en metro al trabajo hace ya bastante tiempo.

Llevo más de 8 años yendo a trabajar a la misma oficina en el centro de Barcelona. Durante este tiempo he usado coche, metro, ferrocarriles, tren, bus, bicicleta y dosis ingentes de esa amiga escurridiza que se hace llamar paciencia.

Durante el primer tiempo llegaba a la entrada de la ciudad y ahí cogía el metro.
Pero, poco a poco, los habitantes de esos pasadizos subterráneos empezaron a causarme serios trastornos de personalidad.

El día que fuí consciente que debía abandonar el subsuelo de la ciudad fue cuando sentada en una isla de cuatro asientos, dos enfrentados a otros dos, me encontré con 3 personajes que lo más leve que me produjeron fue miedo.

Recuerdo que me senté en el sitio que había quedado libre al lado de la ventana. Ya entonces noté que algo raro sucedía, miré al chico de delante y aparentemente todo estaba en orden. Miré hacia mi lado izquierdo y la chica que estaba sentada en el asiento de al lado me daba la espalda y lo único que yo veía era su mochila. Hasta aquí nada anormal, pero la chica empezó a girarse hacia mi, a observarme, a verificar su mochila. Tampoco es nada raro hacer eso en el metro, pero lo raro fue que comenzó a hacerlo en lapsos de 5 segundos. Me cercioré si con alguna parte de mi cuerpo o bolsa le había rozado y constaté que no. Pero esa extraña seguía mirándome con recelo ora sí ora también. Movía la pierna en un tic nervioso descontrolado y se mordía las uñas con una vehemencia enfermiza.

Me separé lo más que pude, porque empecé a plantearme que tal vez transporara algún cargamento tóxico, explosivo o corrosivo y que por eso se encontrase en ese estado de nerviosismo. Había algo irracional en ella o tal vez hubiera algo irracional en mi miedo.

Miré al chico de delante de este manojo de nervios que era la chica de la mochila y entonces me apercibí que estaba ingiriendo todo lo que encontraba en su anatomía personal. Sí, todo, desde lo que se encontraba en sus orejas, naríz hasta llegar a lo que habitaba su pelo, que quise pensar que era caspa y no piojos.

Se me erizaron los pelos y sentí unos espasmos de asco en el cuello.

Me aparté un poco más, casi a punto de levantarme. Pero pensé que si el chico que  se sentaba delante de mí podía con aquello, no debía ser tan grave y que yo era una tiquismiquis.

Para mi sorpresa, este chico que aparentaba una normalidad que me debería haber hecho sospechar, unió súbitamente sus manos, una creando un círculo, la otra plana y palmeó tres veces en el aire. La última indecentemente cerca de mi cara.

Me quedé atónita, pero no me dió tiempo a sobreponerme porque el chico volvió a hacerlo.

Le miré, miré a su lado y el otro personaje seguía comiéndose a sí mismo y, por el rabillo del ojo, capté que la chica seguía observándome inquisidoramente.

En ese momento me levanté, en un solo movimiento saqué de mi bolso la escopeta de cañón recortado y disparé contra los tres a bocajarro. Ví sus cuerpos inertes y bañados en sangre. Sus cabezas finalmente reposando en paz. Me volví a sentar tranquilamente y respiré pausadamente.

Esa fue la película que se desarrolló en mi mente.

Me asusté tanto, no de ellos, sino de mi reacción, de los macabros detalles que había recreado en apenas unos segundos que fuí consciente que la que estaba peor de la azotea era yo. Que la que daba miedo era yo. Yo no mostraba signos externos, pero lo que tenía lugar en mi cabeza era espeluznante, más incluso que el ruido que hacía el loco aquel comiéndose sus excedentes corporales.

Así que abandoné el submundo del metro aquella tarde y no he vuelto a pisarlo para desplazarme al trabajo hasta esta semana.

Ahora, muchos años después, me he visto obligada a volver a ir rutinariamente en metro, ya que los trenes de Rodalies interrumpen su trayecto y mis costumbres en la estación de l’Hospitalet.

Este lunes iba yo tan dulcemente en el metro, pensando en que tampoco era tan malo eso del transporte suburbano, cuando un corpulento señor se sentó a mi lado.

Me removí en mi asiento porque ese hombre ocupaba parte de él. Enseguida me vino un extraño olor a rancio, a sudor seco de camisa sucia y vuelta a poner, olor a miedo.
Este último olor era mío.
Miré la ventana en frente de nuestros asientos y ví como ese -llamémosle señor- movía la boca de una manera extraña, como si su dentadura postiza no le permitiese articular bien las palabras. Me recordó a un pez que ha saltado fuera de la pecera, tanto por el olor como por esos espasmos en los labios.

Con la mirada periférica, que en estos años he desarrollado habilmente, ví que la camisa blanca estaba repleta de surcos amarillentos y ví también como la mano derecha de este hombre estaba cerrada en un puño pero con el dedo índice como queriendo indicar algo.

Me recordó la mano de la Señora Rogelia de Mari Carmen y sus muñecos, que Carmen siempre sostenía con ese mismo gesto.

¿Por qué recuerdo a esta “ventrílocua” en las situaciones más bizarras?

Volví a mirar la ventana y ví el gesto que el señor tenía en la cara y me infundió miedo, más que su corpulencia y olor juntos.
Parecía enfadado, a punto de explotar en un ataque de ira, sin reprimirse ni atenerse a ninguna norma de urbanidad. Conozco esa mirada.

Volví a mirarle de reojo, ignoré la caspa en el pliegue de su cogote y fijé mi vista en sus manos. Una de ellas seguía en forma de puño y entonces entendí que su dedo índice estaba inclinado hacia mí. Me estaba señalando.

Estuve a punto de levantarme y huir despavorida, como en aquella otra ocasión, después de los atentados de Atocha. Aquella vez, un marroquí se sentó a mi lado. Me pareció que ocultaba algo debajo de la túnica, aferraba una mochila enorme, movía la boca al recitar algo que se me antojó religioso, mientras sostenía algo parecido a un rosario entre las manos.

Aquel día salté del tren aunque las señales acústicas del metro indicaban que las puertas se iban a cerrar inminentemente. Sentí un miedo incontrolable que me hizo temer lo peor y decidí huir. Recuerdo que ya desde el andén observé como se alejaba aquel convoi, esperando a que explotara con un estruendo ensordecedor en mil pedazos, como en aquellas películas de Bruce Willis o ¿o? ¿o? de Bruce Willis. Sí, para estas escenas sólo me viene a la mente Bruce Willis.

Aquella vez no ocurrió nada y esta vez tampoco.

Yo no me llegué a levantar porque el hombre que señalaba con el dedo se fue a sentar al lado de otra chica, a la cual repaso de arriba a abajo. Entonces empezó con el mismo ritual bucal que había llevado a cabo a mi lado. Tampoco dejó de señalarla, ahora lo capté enseguida.

Señalaba a su víctima mientras iba recitando en voz baja lo que pensaba de esa mujerzuela, mientras imaginaba todo lo que le haría.

Pensé que era un asesino en serie, que seguramente vería su cara en los telediarios, buscaba a sus víctimas en los vagones del metro de Barcelona, nunca nadie se fijó en él, nunca nadie le dió la importancia que él requería.
Parecía algo desaliñado, sí, pero normal para lo que se llega a encontrar entre la fauna que habita este submundo.

Desde este lunes la escopeta recortada vuelve a viajar conmigo y sé cómo pasar desapercibida.

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