vacía

Ayer marchó mi madre y ha dejado un extraño silencio tras de sí. Sé que está en buenas manos, sé que estará disfrutando, pero la echo de menos.

Viernes recibimos malas noticias de su hermana gemela y por unos momentos pude sentir el vacío que dejará tras de sí mi madre el día que su marcha sea definitiva.
Y no me gustó nada abrir ese abismo.

Nunca he perdido a un ser querido y no creo que lo vaya a llevar bien. Si es que eso se puede llevar bien de alguna manera, claro está.

Mis primos sudafricanos me informan puntualmente de la evolución de su madre, la gemela de la mía. Cuando me explican el día a día con mi tía, no la veo a ella, sino a la copia perfecta de mi madre y con cada uno de sus relatos se me ponen los pelos de punta. Pese a la distancia que nos separa, todo esto me toca muy de cerca. Más de lo que desearía.

Y me tengo que acordar de la mañana de mi boda. Aquel día, después de una noche de poco dormir y mucho celebrar, me fui a vestir a casa de mis padres. No mantuve muchas tradiciones, pero aquel día no quise salir de casa con el que pasaría a ser mi esposo unas horas después.  Mi exposo unos años más tarde.

Cuando llegué allá mi madre aún seguía en su peluquería. Yo no me podía demorar y como estaba allá mi tía, fue ella la que me ayudó a vestirme. No pensé que necesitara apoyo en un ritual que llevo a cabo día sí, día también, pero aquel vestido color champán resultó representar algo más que una simple prenda de vestir.
Y ahí estaba mi tía para echarme una mano, conmigo estaba la viva imagen de mi madre, allá estaba la mujer a la que le debo mi nombre. Y no eché de menos a mi madre, porque de alguna manera sí que estaba allá conmigo.

No hemos coincidido en muchas ocasiones, pero siempre que estoy con mi tía tengo una extraña sensación de familiaridad que jamás tuve con el resto de mis tías. Será que una imagen vale más que mil palabras. Y si la imagen es la de una madre pues aún más.

El caso es que el viernes salí corriendo del trabajo para poder estar con mi madre que había recibido la mala noticia y se había venido abajo de un modo que yo desconocía en ella.
Yo quise hacerme la fuerte, pero de camino a casa de mi hermana yo también me vine abajo – como una niña pequeña. Volvieron aquellas pesadillas que tenía de niña en las que mi madre moría y nos teníamos que criar sin ella. Abrí esa puerta en la que te imaginas cómo sería la vida sin ella y a duras penas la pude cerrar. En mi mente sólo podía pensar “ahora no, ahora no”.

La encontré en casa de mi hermana y yo, que había intentado ocultar mis lágrimas bajo una falsa sonrisa, me ví descubierta cuando mi madre me preguntó en su típico tono de sargento “¿por qué has llorado?”

Y me puse a llorar de nuevo y como cuando me despertaba en su cama después de una de aquellas pesadillas, me tuvo que asegurar que ella no se iba a morir.

Algún día creceré y maduraré y sabré enfrentarme a todo esto como una mujer hecha y derecha pero que ese día tarde en llegar ¿vale?

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