back to life

Ayer fuí al garaje de mi barrio en el que puedo encontrar frutas y verduras de proximidad.
No sé si contienen más o menos vitaminas, pero al menos sé que las personas que las venden las van a buscar ellas mismas a los campos que hay dispersados por todo el Baix Llobregat. Y lo que más me gusta de comprar allí es que he podido recuperar el sabor que recuerdo de mi niñez y que el olor es aquel que te permite reconocer un tomate con los ojos cerrados.

Caminaba hacia allá pues, pensando en mis tejedoras, a las cuales tendré que dejar medio abandonadas porque el curso de pastelería tomará mucho tiempo y ya ha provocado algunos ajustes en mi agenda.

Cuando llegué a la improvisada tienda encontré una cara conocida, la de Iris, la chica que me enseñó a tejer en su casa el invierno aquel en el que empecé a vivir sola.
Nos pusimos al día de nuestra vida, nuestros planes y fue ella la que me sirvió unas manzanas, medio melón, dos lechugas y dos pimientos.

Emprendí el camino a casa cargada con el peso de la compra pero con una agradable sensación, ya que Iris finalmente empezará a trabajar en una guardería con niños pequeños, que es lo que quería hacer. Ella también tendrá que abandonar parcialmente el mundo de las madejas y las agujas. Si es que mire donde mire, la vida es cambio.
Porque si no hay cambios no creo que sea vida, sino rutina.

Llegué a casa, saludé a mis compañeros que me pusieron al día de los acontecimientos más recientes de nuestra comunidad mientras yo iba ordenando la compra. Es curiosa la relación con mis felinos. Hay muchos gatos en mi entorno y todos me gustan y a todos los intento achuchar, pero son Adam y Kev con los que noto una especie de conexión mental. Lo sé, suena fatal, pero tenemos una relación a nivel cerebral por la cual entiendo perfectamente cuando me dicen: “¿nos has traído algo? ¿qué nos has traído? ¡sácalo ya de la bolsa, so humana.”

Después de nuestro update cotidiano, pensé que debería empezar ya con las rutinas que me he fijado y una de ellas implica volver a hacer deporte con asiduidad.

Así que decidí que era hora de volver al gimnasio.

Tendré que dejar las mañanas que tanto me estaban costando últimamente para cambiar a las noches. No sé qué opinará mi metabolismo al respecto, pero lo quiero intentar.
Así que fuí al complejo deportivo, que es lo que me entra a mí cada vez que me miro en los espejos de las salas de fitness y antes de ir a clase, dejé mi bolsa en la taquilla del vestidor.

Allá oí como me llamaban por mi nombre. Eran dos compañeras mañaneras: Vanesa y Sonia. No hubo mucho tiempo para largas charlas porque yo ya llegaba tarde a clase, pero un día de estos tengo que desayunar con ellas para ponernos al día.
Me hizo mucha ilusión verlas después de la pausa veraniega, que yo he extendido varios meses y que ellas me echaron en cara al grito de “¡ursu, campanera!”

Fuí a clase de spinning y salí de allá renovada a la par que destrozada. Parte de mis pulmones decidió pernoctar en aquella sala atestada de bicicletas, incapaz de recuperar el aliento. Fue media hora después, ya de nuevo en mi casa y navegando tranquilamente por internet, que mi cuerpo decidió dejar de sudar.

Pensé que era un buen momento para enseñar a los mininos a dormir en mi dormitorio pero no sobre mi cama. Nos ha costado y nos seguirá costando, pero ha sido nuestra primera noche juntos después de los marcajes urinarios de Adam sobre mis almohadas.
En dos ocasiones Kev ha intentado dormir al lado de mi cuello, pero a la tercera se ha rendido y se ha quedado encima de la cama que había montado para él.
Adam le miraba desde la silla diciéndole en tono irónico: “¿pensabas que tú lo ibas a conseguir cuando a mí me ha echado varias veces? ¡Iluso!”

Esta mañana de camino al tren me he cruzado con algún vecino y dos comerciantes de la zona. Hemos intercambiado saludos y frases trilladas, pero he de reconocer que me gusta relacionarme con las gentes que pueblan las calles de mi barrio.

Y… con los gatos que habitan en mi casa.

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