hombres

¿Cuántas veces habré repetido eso de “¡hombres!” unido a un suspiro, entornando los ojos resignadamente y negando con la cabeza?

Muchas. Demasiadas. Y ayer lo repetí para mis adentros.

Fue en el tren de vuelta a casa. Detrás de mí viajaban dos chicos hablando sobre el trabajo que realizaban como electricistas, uno como autónomo y otro como asaliarado de una empresa. El autónomo explicaba sus problemas al estar de baja por un accidente laboral. Accidente que le permitía seguir haciendo trabajillos en negro. No lo juzgo por eso, pero sí por lo que contaba posteriormente sobre su vida con “la parienta”.

Fue lo que dijo sobre las tareas de la casa lo que me hizo abrir los ojos, salir de mi somnoliencia, girarme en mi sitio, buscar su mirada para regalarle la mía cargada de odio y desprecio. La tengo bien estudiada y sé que puede causar pánico. Soy consciente que no sirvió de nada, pero me gustaría pensar que esa mirada le perseguirá cada vez que no cumpla con su parte del contrato.

Me podría haber levantado de mi sitio y haberle gritado a la cara que por culpa de hombres como él muchas mujeres andan desquiciadas, sin aliento, con la sensación de no dar la talla como madres, como trabajadoras, como parejas –  como mujeres. Pero hace tiempo aprendí que no vale la pena intentar hacer entender a este tipo de personas lo que su actitud provoca. No tiene  sentido porque estas personas son de las que no cambian.

Lo que me sacó de mis casillas fue esta simple frase que soltó este impresentable tipejo:
“Es que cuanto más hago, más quiere ella (su pareja) que haga.”

Me lo imaginaba llevando su plato de comida desde el sofá a la pica de la cocina recién recogida, esparciendo las migas a su paso, arrastrando las zapatillas, incapaz de fregar lo ensuciado por él mismo o incluso incapaz de colocarlo en el fregaplatos.

Y mientras yo tenía esta visión apocalíptica y espeluznante, él agregó
“A mí es que el sofá y la play o la tele me tiran mucho.”

Sólo escribiendo estas líneas tengo que tomar aire para tranquilizarme.
Tendría que haber recurrido a mi escopeta de cañón recortado.

Pero lo más triste de todo esto es que el mundo está plagado de hombres así. De tíos, porque ni hombres se les debería llamar, tíos que en casa siguen la filosofía del “esfuerzo mínimo” cargando a su pareja de trabajo, responsabilidad y fatiga. Fatiga por las tareas a realizar, pero una tremenda fatiga y mucho más destructiva frente a la actitud de la pareja.

Algunas personas que no han conocido a este tipo de hombres te instan a cambiarles, a enseñarles, pero lo que no entienden es que este tipo de personas son así, no cambian, no aprenden, no colaboran, sólo empeoran.

Sé la fama que tenemos algunas mujeres de hacer las cosas a nuestra manera, de no dejar que la pareja lo intente a la suya, de entrometernos, de acabar las tareas con nuestro toque final, de ser unas sargentos. Yo misma pasé de princesa a sargento en pocos años, y aún así no conseguí ningún cambio relevante en mi cadete.

Pero además ¿quiénes somos nosotras para enseñar a nuestras parejas?
Que les enseñen en sus casas y si no lo han hecho pues que aprendan ellos solitos.
Cuando vivía en casa de mis padres apenas puse lavadoras y mucho menos tuve que planchar y aún así, el día que me independicé lo aprendí. Así que la excusa de no haberlo hecho previamente tampoco me sirve.

Y sé que no todos los hombres son así, como no todas las mujeres son asá. Pero la vida me constata día a día que lamentablemente siguen siendo mayoría.

Siempre dije que el día que me presentaran a un hombre que por iniciativa propia decidiese limpiar a fondo una cocina o pensase que era hora de lavar las cortinas, ese sería el día que yo aceptaría que hay otro tipo de hombres. Hombres que no colaboran en las tareas del hogar, sino hombres que las comparten.

Así que el otro día cuando mi poconovio me comentó que había vaciado todos los armarios de la cocina para limpiar y recoger a fondo me quedé atónita.
Miré a mi alrededor porque desde que estoy con él que pienso que no puede ser verdad, que es una broma del destino, que alguien me debe haber estado grabando todos estos años y le ha pasado a él las cintas y por eso sabe lo que hacer y decir en cada momento.

Espero que pronto le hagan llegar la grabación esa en la que comento que una de mis fantasías es…
¡Ah, no! Esa la debió recibir justo antes de las vacaciones.

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4 comentarios sobre “hombres

  1. Comparto tu sentimiento y apreciación sobre el tema. Y me gustaría agregar que en muchos, muchísimos casos las propias mujeres, madres, educan a sus hijos varones para que sean precisamente así. No les exigen nada, los tratan como “príncipes” y los atienden como tales mientras a las hijas les exigen todo y las restringen mucho más. Saludos…

  2. Sí, estoy contigo. También pienso que esto mejorará, seguramente no en esta generación ni en la siguiente, porque aún llevamos cosas dentro, que consciente o inconscientemente transmitimos a los más pequeños. Pero tengo la esperanza que cuando los que hoy son pequeños tengan hijos, algo haya cambiado radicalmente.

  3. Uuf, a mí esos tipejos me enervan hasta lo indecible… 😦 Pero quedémonos con la parte buena de tu post: esa maravillosa pareja que has logrado atraer hacia ti. 🙂

    Besos, Usrula.

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