de tú a tú

Hoy leía unas frases en un gráfico. Frases que hablaban sobre la importancia de la vida, de la gente que te rodea, de cambiar las cosas, de actuar, de vivir.
Y ¿qué más se puede hacer de la vida sino vivirla?

Hay una niña que está siguiendo el sendero que emprendí hace ahora casi dos años y esto me ha hecho recordar muchos sentimientos, mucho sufrimiento y parte de aquel frío que dejé atrás.

Me contaba su desesperación, su pena, su miedo. Miedo a lo que hay allá fuera.
Aquí.
Y pienso de nuevo en ese gráfico y, lo que puedo decir es que lo que hay aquí es vida. Desde aquel gélido mundo en el que aún vive ella, parece increíble imaginar otro tipo de vida en la que ya no se sufra, en la que una no se sienta menospreciada o infravalorada. Es difícil imaginar un vida en la que la sonrisa nos acompañe casi a diario, como si se tratase de algo corriente, una vida en la que estés a gusto contigo misma, en la que no dudes de tí, en la que te sepas capaz y entera. Imaginar una vida así resulta inimaginable.

Porque en el país del frío la sonrisa no es lo normal, a veces surge tímidamente, pero siempre será incompleta.
Y decirle a alguien sumido en el llanto que la sonrisa volverá, que la vida será vida y no un sinvivir es algo que puedes decir de muchas maneras, pero es algo que hay que… “vivir”.

Y a veces me dicen que he tenido suerte, incluso hay quien me lo ha dicho en tono de reproche. Sé que he tenido suerte, sé apreciar lo que estoy viviendo, soy consciente de la fragilidad de este momento, de estas vivencias. Pero también sé cómo he llegado hasta aquí y si eso es tener suerte… pues sólo puedo decir que he tardado mucho en tenerla o me ha costado mucho ganármela. Fácil no ha sido.

Y sé que puede resultar triste plantearlo así, pero después de haber besado el suelo durante tanto tiempo, cualquier experiencia positiva, sea cual sea, compensa mucho más. No digo que haya que sufrir para apreciar lo bueno. Sólo digo que yo sé apreciar lo que tengo. No lo doy por sentado. Soy muy consciente de lo que tengo ahora y lo que me faltaba entonces.

Ahora me tengo a mí. A mí entera y completa, sin la necesidad de encontrar a nadie para que me llene, porque ya me siento plena. Y es desde este “yo” rotundo que el mundo se ve de otra manera. Le puedes mirar directamente a la cara y hablarle de tú a tú, sin complejos, sin miedo.

Así que ante el miedo a estar sola, sólo tengo que decir aquello que me dijo la escritora hace tiempo: no estarás sola, te tienes a tí.

Y hasta que no te encuentres me tienes a mí y a todas nosotras.

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