i’m a baker

Hoy cierro la primera semana laboral con dos clases prácticas de pastelería.

Contaba con el cansancio por tener que madrugar, pero no con el cansancio físico de estar casi 3 horas elaborando recetas y aprendiendo las bases para una buena repostería.

Pero se trata de un cansancio agradable. Las horas que pasamos en la cocina de mi escuela son como una terapia, porque no puedes pensar en nada que no sea lo que tienes entre manos en esos momentos. No hay un antes, no hay un después, sólo un ahora. Y un ahora en el que tienes que estar pendiente de muchas cosas: de tus compañeros, de que no se pegue una crema, de batir unas yemas con azúcar hasta el punto exacto, de sacar los productos a tiempo del horno, de fregar, de recoger, de probar. Es un no parar tan absorbente que cuando salgo de la escuela y veo la calle, es cuando soy consciente que la vida sigue, que mis compañeros de trabajo llevan ya un par de horas en la oficina mientras yo estaba disfrutando entre fogones. A la tarde ya me tocará a mí recuperar esas horas que robo a las mañanas laborales.

Hoy batía una masa, esperando conseguir el punto exacto de aire y cremosidad. Me encontraba en uno de esos momentos de silencio imaginario, en un kitkat entre tarea y tarea, concentrada, con las manos en la masa – o más bien – con la batidora eléctrica. Iba batiendo, contemplando las burbujas que subían a la superficie, batiendo, viendo el color de la masa, batiendo y notando la leve resistencia de la masa entre las varillas, batiendo y observando y entonces llegó el momento en el que noté que había llegado al punto que anhelaba, al punto que desconocía pero que reconocí nada más sentirlo.

Cualquiera que lea esto pensará que estoy como una cabra, pero la satisfacción sería comparable a la que se siente cuando le dices a alguien que te rasque la espalda. Le vas diciendo muerta de picor: allá, no, más abajo, no, un pelín más a la izquierda, no, ahí, no. ¡¡¡ AHÍ!!!! Y cuando te encuentran el punto que te picaba es un gustazo.

Pues cuando hoy he llegado AHÍ -al punto ese- me he sentido muy satisfecha y además me ha proporcionado una absurda sensación de plenitud; tan extraña para otros, pero tan importante para mí en esos momentos. ¿Quién habría dicho que unos huevos y azúcar dieran tanto de sí, no?

Mi profesora apareció entonces a mi lado y a punto estuve de apoyar mi cabeza en su cuello y pasarle el brazo por el hombro. No me atrae físicamente, noooo, pero me sentía tan a gusto, tan “de andar por casa” que me inundó un sentimiento de familiaridad que me impulsaba a abrazarla. Cosa que obviamente no hice, pero que sí confesé haber pensado o más bien “sentido”, porque no fue algo que hubiese pensado conscientemente.

Volvimos a confirmar la ilusión que nos hace a ambas compartir este curso. Aprender así es otra historia. No recordaba lo gratificante que puede llegar a ser aprender algo que te gusta con personas que te gustan. Es más, creo que nunca lo había llegado a experimentar hasta tal punto.

Venía de camino a la oficina con magdalenas para unos cuantos elegidos, y,  aún encontrándome en el metro, me llegaba su olor y las sentía aún calientes en mis manos. Ha sido entonces cuando me he planteado seriamente qué narices iba yo a hacer a la oficina…

¡¡Ahhh!! A trabajar, que no está el horno pá bollos.

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