hin und her gerissen

Si escribes “hin und her gerissen” en google translate, te dirá que en español significa “rota”.
Pero ya os digo yo que en realidad significa que te debates entre una cosa y otra, o más bien que estás rasgada, resquebrajada entre una cosa y otra.

Y cuando te rasgas entre dos sentimientos pues ¿cómo decirlo? pues no es fácil.
En mi caso no es ningún drama, pero es un debate interno que cada vez me lleva más tiempo zanjar. A decir verdad, no lo zanjo, lo dejo aparcado, porque hay demasiados factores involucrados, demasiados cabos por atar.

Hace dos años me separé, hace uno me compré mi propio piso y ahora, dos años después, me estoy planteando volver a compartir casa con otra persona.

De nuevo, todas aquellas cosas que dije que nunca haría (a sabiendas de que no debería llenarme mucho la boca con ellas) las estoy haciendo. Dije que jamás volvería a compartir casa con alguien sin tener otra casa a la que poder volver. Aseguré a mis amigas que no volvería a vivir con alguien durante al menos 10 años y que, por supuesto, me quedaría cerca de las mujeres de mi familia.

Creo que cuando diga estas cosas empezaré a enarcar las cejas como ZP o uniré mis dedos como para coger una pizca de sal, igual que hace Rajoy. Intentaré shalivar cuando diga todash eshtash coshash. Porque, yo, como ellos, no mantengo mi palabra. Donde dije “digo” digo tantas veces “Diego” que debería dejar de hablar por un tiempo porque sino terminarán rabautizándome.

El otro día, al comentarle mi situacion a mi compañera Brazilaine, le preguntaba
“Pero ¿qué puedo perder yéndome a vivir con él?”
Y ella, dándole la vuelta al tema, me preguntó “¿Y qué ganas?”

Y eso me pregunto cada vez que me levanto sola en mi casa, después de una maravillosa noche de sueño reconcilliador, después de estar acostada con mis gatos, dándonos mimos en el sofá hasta dormirnos o cuando miro mi nevera vacía sin la mala conciencia que me perseguía cuando vivía en pareja y me sentía responsable de la intendencia hogareña.

No quiero volver a estar en el trabajo pensando en que hay que limpiar, comprar, recoger tal cosa del tinte, hacer tal arreglo en el baño, comprar aquel regalo para aquel familiar, no quiero tener que recordarle a nadie sus obligaciones. No quiero sentir de nuevo la presión de llevar una casa, no quiero enfadarme, no quiero frustrarme, no quiero dejar de ser novia.

Ahora llevo mi casa y es fácil porque hago y deshago y no tengo que consensuar con nadie, así, muchas veces, ni me planteo cosas como que después de un año estaría bien tener cortinas en el salón. No las necesito, al menos no hasta ahora. Pero pensar que alguien me podría haber dicho que eran necesarias,  es una intromisión en mi espacio interior que no sé cómo toleraré.

No sé cómo llevaré eso de que alguien vuelva a tener derecho a opinar sobre mi día a día. Derecho a opinar y a decidir… uuuuffff… es algo a lo que no consigo hacerme a la idea.

Es absurdo plantearme estas cosas porque la persona con la que estoy ahora no tiene nada que ver con la que compartí aquellos años, pero sé que surgirán otros roces. El mero hecho de tener que comprar para 2 y a veces 4 es algo que hace que se me encoja el estómago. Tener en cuenta a alguien más que a mí en las obligaciones familiares es algo que ahora mismo se me antoja extenuante. Tener que consensuar gastos, negociar prioridades, intercambiar opiniones sobre desiciones diaras me resulta acongojante. Me da miedo abandonar la paz mental que he alcanzado.

Me da miedo volver a ver un salón patas arriba pensado “si yo lo dejé ordenado al marchar al trabajo”. No quiero que me digan “¿qué hacemos para cenar?” No quiero tener que organizarme, no quiero tener que compartir responsabilidades de una casa, no quiero tener que avisar a nadie si no voy a llegar a casa a la hora de la cena, no quiero sentirme mal si salgo un día de marcha y al siguiente no me apetece hacer nada más que el perro, no quiero tener que ser la compañera perfecta cuando lo único que me apetece es andar por casa en zapatillas, coletas y ropa lo más cómoda y vieja posible.

Pero por otro lado pienso que, ya no perderíamos tanto tiempo arriba y abajo. Ya no me sentiría en “stand by” cuando estoy en su casa, ya no le echaría de menos después de una semana sin vernos, ni a los cinco minutos de haberle dejado en su casa. Podría abrazarle cada mañana, podríamos compartir cada noche las historias de cada día, podría apoyar mi cabeza en su hombro y aspirar el olor de su cuello siempre que quisiera. Pero, como me dijo Brazilaine, ” tal vez lo bueno sea echarse de menos”.

Y, tal vez, lo contrario sea el echarse de más, tal vez lo contraproducente sea no tener un espacio totalmente libre para mí. El esperar unas cosas, en dar por sentadas otras y tener que negociar, acordar, consensuar. Tal vez sea mejor seguir siendo un poco novios.

Pero también tengo que pensar en una amiga que se plantea ser madre soltera y eso sí que es complicarse la vida, porque ella me diría “¿¡ah! la vida es esto?, ¿acomodarse?Como estás cómoda ¿te apoltronas en esta situación? ¿no evolucionas? ¿no creces?”

No vives, agrego yo.

Y luego pienso que la vida es hoy, la vida es esto, la vida es compartir y amar y crecer y enfrentarse a nuevas situaciones. La vida es cambio. La vida hoy mismo me ha dicho que también puede ser muerte, muerte inesperada, muerte solitaria, muerte joven.
Y entonces me digo con más razón que ¿a qué esperar? A la mínima que cuadren las cuentas, deberíamos hacerlo. Y si no funciona, pues ya hemos aprendido que se puede volver a empezar, que no se acaba el mundo porque se acabe una relación. Y tengo que decir que si sobreviví aquello… no, no puedo decir que esto sería más fácil. Sería mucho más difícil porque ahora sé que lo que anhelaba existe y sé que perderlo sería mucho más duro. Pero no pienso malgastar mi energía en pensamientos negativos.

Sé que puede haber un nosotros, complicado, pero ¿qué sería la vida si no nos la complicásemos un poco?

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