buenérrima

Esta mañana he decidido dejar los pantalones en el armario y ponerme un vestido.

Nada más vérmelo puesto, no he podido dejar de tararear aquella canción del Perales: “y aquel vestido que nunca estrenaste, lo estrenas hoy y sales a la calle, buscando amor.”

No volveré a disculparme por mi Juke-Box personal. Es lo que hay en esta mente anticuada y complicada.

El sol ha salido después de muchos días grises pasados por agua y mañana celebraremos una fiesta – vuelve mi Juke-Box personal a escoger un disco de antaño – y a la cabeza me viene Rafaela Carrá: “¡Fiesta! ¡Qué fantástica, fantástica esta fiesta!”

Y con este humor venía hacia el trabajo. He recibido una llamada que ha mejorado mi ánimo un poquito más si cabe y mientras hablába por el móvil, he visto mi reflejo en un escaparate. Y me he sentido bien. Podría estar mejor, indudablemente, sobre todo de cintura para abajo, pero oye, que lo que hay de cintura para arriba no está nada mal.

He llegado al cruce de Pau Claris con Gran Vía y allí, allí de repente los coches han comenzado a circular a cámara lenta, los retazos de conversaciones que llegaban a mis oídos me recordaban a aquellos discos de 33, que al tocarlos a 45, sonaban graves y lentos (¿o era al revés?).

Las hojas de los árboles, liberadas de la fuerza de la gravedad, se mecían suavemente antes de llegar al suelo. Los movimientos se han tornado lentos, pausados. Acompasados con algún elemento que aún no lograba discernir.

He buscado con la mirada, lánguida y lentamente, para saber a qué se debía tal fenómeno y entonces le he visto. Al fenómeno.

Era un tío – ¡qué va! – era un modelo, rubio, con el pelo de lado, con un jersey de pico gris que dejaba ver parte de su rotundo cuello. Dicho jersey iba acompañado de unos tejanos que seguramente fuesen a medida – a su medida – porque le calzaban como un guante.
Huelga decir que era alto, fibrado y cuadrado en la justa medida.

Y de su mano pendía una correa. Una correa de un perro de marca. Un perro joven, precioso, jugetón y gris. A juego con el jersey de su dueño.

La imagen era tan ¿cómo decirlo? ¿Ideal? ¿Irreal? ¿Alucinante? Que me he tenido que reír a carcajadas allá mismo.

Ha sido entonces, cuando las hojas han caído todas de golpe contra el asfalto, los coches han vuelto a pitar, correr y adelantar a otros más lentos. Mi pelo ha dejado de ondear a cámara lenta y mis pasos han adoptado la velocidad correcta dada la hora que era.

Seguramente este chico salga a pasear a su perro a diario, pero entre la lluvia, mi premonstrualidad, mis comidas de tarro y los pantalones que últimamente suelo lucir por comodidad, ni me había fijado en él.

Lo que un simple vestido puede hacer con la visión que tenemos de las cosas.

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Un comentario sobre “buenérrima

  1. Vale, ok, me has convencido, me olvido de los pantalones… si me dices donde leches compraste el vestido-milagro!! 😉
    (Debemos tener un juke-box similar, yo también he pensado en la Carra!)

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