ch-ch-changes

El otro día la roquera y mi poconovio me decían que tenía un tanto abandonado el blog.
Y no les falta razón.

Pero es que me encuentro de nuevo en una de esas situaciones en las que tengo miedo de abrir la boca y que alguien se vea demasiado implicado o que lo que vaya a decir sea demasiado íntimo como para esparcirlo a los 7 mares. Cuando lo que tengo que decir no es nada en concreto, nada nuevo, nada de nada, pero allá va.

Sí, allá va.

Mi poconovio y yo tuvimos la fantástica idea de mirar un nuevo hogar para los dos. Lo que comenzó como una broma ahora se ha convertido en – no en algo serio – pero sí en algo importante, o relevante o algo que ocupa cierta parte de mi mente de forma irrevocable. Si antes no era ni una idea, ahora se ha convertido en una realidad. Aún no demasiado cercana porque aún nos encontramos en la fase de soñar y hacer planes. Es la rutina, el día a día y nuestra mermada economía que nos pone inequívocamente en nuestro sitio. Devolviéndonos sin ningún tipo de miramientos al punto de partida.

Y lo que me sorprende de todo esto es lo rápido que cambian las cosas. Hace un año no hubiese pensado en irme a vivir con él, sino, no me hubiese comprado un piso. Hace un año tenía claro que siempre querría tener algo mío, un lugar donde resguardarme cuando la tempesta volviese a azotarme.

Pero pasan los días, las semanas y los meses y si antes anhelaba el momento de coger mi coche para estar a solas conmigo, ahora lo pospongo, lo alargo y no me supone la libertad que me suponía hace tan solo unos meses.

Sé que al cabo de unas horas y días volveré a disfrutar de mi compañía, de mi soledad, del hacer sin consultar. Pero lo que ahora ha cobrado más fuerza, lo que ahora marca más la espera, es que le echo de menos. Le echo de menos a él, a mí cuando estoy con él. Nos echo de menos como no lo había hecho hasta ahora.

Y si hace unos meses pensaba que estábamos bien, muy enamorados, y más que tontos, ahora me sorprende que con cada encuentro estemos un poquito mejor, un poquito más enamorados y tremendamente tontos.

Si mi amiga brazilaine nos viera, cogería el cubo más cercano y vomitaría.

Y tengo que aclarar que sé vivir sola, no tengo miedo a ello. Llevo haciéndolo dos años, incluso cuando estaba casada estaba más sola que ahora. No rehuyo los momentos para mí, es más, los necesito para mantenerme cuerda. Pero no puedo evitar que me duela esta distancia. Porque deja tras de sí un vacío difícilmente rellenable.

Y mi madre teme que hagamos alguna locura, como si tuviésemos 15 años.
No entiende que tan solo soñamos despiertos, pero que nuestros pies están firmemente asentados en el suelo, en la hipoteca y la manutención de sus hijos. No habrá locuras, mal nos pese, ambos tenemos las cosas muy claras.

Sé que para sí quisieran algunos mis quebraderos de cabeza, ya que en realidad no lo son.
Sé que soy una niña malcriada por llorar la ausencia de mi ser amado en un piso totalmente renovado, en el que no me falta de nada y en el que además gozo de la compañía de dos felinos. Animalitos a los cuales dejo demasiado tiempo solos.

Y sé que puedo quejarme y lloriquear y comportarme como la niña malcriada que soy, pero en el fondo sé que antes de todos estos cambios estoy yo. Sé que por mucho que le eche de menos no quiero poner en juego nada de lo que tengo ahora y lo que tengo en mente.

Y ¿entonces de qué me quejo? ¿qué narices quiero?

Lo quiero todo y lo quiero ya.

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