compras navideñas

Lamento comunicaros que no existen Papa Noel ni los Reyes Magos.

La gente compra los regalos en tiendas, los adquiere en pequeños bazares, los hace con sus propias manos o pide que manos ajenas los hagan.

Si normalmente ando cargada de arriba a abajo, en estas fechas debería hacerme con uno de esos camellos de los Reyes de Oriente. Ayer llegué a casa con el brazo dislocado por cargar con los regalos de dos pequeñuelos. Sí, ya sé que no se debería caer en el consumismo, que lo que habría que regalar es tiempo, amor, comprensión y ¡anda ya! Dale a un niño un regalo en forma de notita en la que ponga “vale por una tarde con tu tía”, “vale por mi amor incondicional”, “vale por una salida al parque” y ya verás su reacción. El niño que reciba tal regalo te mirará y preguntará si este año se ha portado tan mal que ni carbón le regalan ya.
Lo que quieren los enanitos estos es desenvolver paquetes y a poder ser que salga algún juguete. Ropa, accesorios para su habitación o artículos de belleza se apartan de un manotazo para ver si hay algo en el saco de los regalos con lo que se pueda jugar. Si es difícil de montar y tiene muchas piezas pequeñas que se puedan perder, tanto mejor.

Al menos así es como son nuestras navidades con pequeñuelos. Pero ya andan por cambiar la cifra única por las dos y pronto, el año que viene seguramente, las Navidades ya serán bastante diferentes.

Si estas fiestas nos hacen pensar que aún creen “algo” en Papa Noel, el año que viene no podrán reprimirse y nos robarán el último secreto que les guardábamos. Ya saben que los niños no vienen de París, que los matrimonios se rompen y que los parientes pueden dejar de serlo en un abrir y cerrar de ojos. Realmente creo que saben de sobras que los regalos los compramos nosotros, pero que por dejarnos la ilusión a los mayores, hacen ver que no se enteran.

Tal vez podamos volver a aquellas – no a aquellas no – pero sí que tal vez podamos volver a las Navidades en las que el que debía vestirse de Papa Noel se disfrazaba de monstruo, vampiro o incluso de Drag Queen.

Cuando llegaron las criaturas a nuestro hogar tuvimos que aparcar esas locuras, pero imagino que volverán, como vuele el turrón El Lobo cada Navidad. Entonces seguramente que los más pequeños serán los que quieran disfrazarse y despojar así a estas fiestas del misterio que aún las podía envolver.

Las cosas cambian, somos tres personas menos en estos encuentros, tres hombres que divorciamos de nuestras vidas. Pero la ilusión por estar juntos con los que quedamos al frente de esta tradición no se pierde, tal y como les perdimos a ellos.

Y así nos encontramos hoy las mujeres de esta familia, intercambiando mails, SMS y llamadas para saber quién compra qué de la lista de los más pequeños.

Los mayores ya decimos claramente lo que necesitamos y si no se tiene claro, incluso se marca una fecha de entrega de ideas, que todos tenemos una agenda complicada y no es cuestión de dejarlo todo para el último momento.

Este mediodía me he acercado a una tienda al lado de Passeig de Gràcia y me he vuelto a quedar agradablemente sorprendida por el trato de los dependientes. Es verdad que la ropa no es tan barata como en H&M o Zara, pero aprecio que puedas reírte con un dependiente y que incluso te ayude a encontrar lo que andas buscando. Aunque a veces acabes comprando algo que no habías pensado. Eso quiere decir que el/la vendedor/a han hecho bien su trabajo.

Sin embargo hay otras tiendas de las que prefieres salir huyendo porque parece que les estés molestando si preguntas por algo, incluso por entrar y obligarles  a trabajar.

Sea con buena o mala cara, estos días vuelvo cargada a mi casa. Entre la maleta del curso de cocina, la comida para el día, el abrigo, los apuntes y los regalos que voy adquiriendo sobre la marcha, parezco una mula de carga más que una dicharachera joven.

Pero todo eso da igual, porque quedará compensado la noche en la que cada uno abra su regalo, busque tu mirada y a veces te devuelva una sonrisa. Otras, en cambio, negará con la cabeza, pero no pasa nada, porque siempre guardamos el ticket para sortear estos imprevistos.

Y los más pequeños no buscarán la mirada de nadie porque estarán demasiado ensimismados con sus regalos. Pero los mayores nos miraremos por encima de sus cabezas asintiendo por haber acertado una vez más, por poder compartir su ilusión, por estar juntos una Nochebuena más.

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