la cuesta de enero

Me cuesta esta cuesta. Está resentida la cuenta bancaria y mi cuerpo también.

Y pienso que esto no ha hecho más que empezar, que más vale que me prepare para esta carrera de fondo, pero la verdad es que cuando llega el viernes estoy baldada.

Estoy desarrollando una adicción compulsiva a hacer punto y pienso que es porque necesito tener la mente distraída, desconectándola de mis bucles de pensamientos, de las vueltas y vueltas que le doy a todo y que me roban el sueño.

Y me digo que todo saldrá bien, que las piezas encajarán, pero la incertidumbre no es una buena aliada. Al menos no en este caso. Algunos me dicen que soy valiente, otros no se atreven a decirme que soy una inconsciente y yo, yo me digo que no piense más allá del fin de semana que viene. Que si intento mirar mucho más allá terminaré con las existencias de las tiendas de lanas de Barcelona y mis manos seguirán emulando los movimientos del tejer aún estando en plena fase REM.

Pero por suerte encuentro válvulas de escape, momentos kitkat, que me hacen respirar tranquilamente y me dejan desconectar de todos mis planes y miedos.

Por razones ajenas a nosotros, el domingo pasado, parte de lo previsto se anuló y nos quedamos con una noche de sábado y todo un domingo para nosotros. No tener ninguna cita, ningún acontecimiento, ningún encuentro que condiciona toda la rutina de un día festivo fue un alivio para el cuerpo, pero sobre todo para la cabecita.

Y lo necesitaba, necesitaba ver a mis amigas, a unas y a otras para charlar durante horas, necesitaba estar en casa tranquilamente leyendo la prensa, acariciando a los gatos, improvisando una visita a su familia. Sin prisas, sin compromisos, sin agobiarse, con una taza de té humeante. Necesitaba recuperarle como novio aunque fuese sólo un poco.

Y miro el calendario y me digo que debo resisitir, que esto es pan comido, que febrero está a la vuelta de la esquina. Pero ese mismo calendario me saluda con fechas marcadas en rojo, azul y negro. Con fines de semana repletos de acontecimientos, con viajes, con cumpleaños en el extranjero a los cuales me veo incapaz de asistir. Y Septiembre se intenta abrir paso recordándome que debería reservar vuelos, que la estancia escogida no esperará por siempre. Y no puedo adelantar nada, no puedo dar un paso más hasta que no haya resuelto algo en la compraventa de nuestras viviendas. Estoy en Stand By y me mata.

Ayer se acortó la jornada laboral debido a un apagón en nuestro edificio y pude salir antes. Fui a visitar las tiendas de lanas del centro de la ciudad y cuando me encontraba en la calle Picasso, me llamaron de una agencia inmobiliaria que quiere llevar la venta de mi piso. Pero yo no oía bien, tenía mala cobertura y poca cordura, pero el hecho es que no esperaba ninguna llamada de este tipo. Asi que de la entrecortada voz que sonaba al otro lado del aparato sólo lograba entender: “Picasso”.

Me encontraba apostada delante de una papelera pelando una naranja y me tuve que girar buscando la cámara indiscreta. ¿Cómo sabía la chica que me llamaba que yo estaba en la calle Picasso? No me hizo ni pizca de gracia. Pero entonces logré entender que “Picasso” era el nombre de la inmobiliaria. ¡Extraña y absurda casualidad!

Y cuando me llegan estos momentos de confusión mental soy consciente que estoy pidiéndole demasiado a mi pobre cerebro. Harto de darle vueltas a todo lo que me sucede, que por una parte no es nada pero que, por otra, lo puede suponer todo, empieza a hacer asociaciones desde el segundo cero y siempre suelen ser de lo más rocambolescas.

Pero pienso que esos momentos de sobrecarga de sinapsis cerebrales también sirven para poner ciertas cosas en su sitio. Porque cuando llegué a mi pueblo, al que por ahora es mi pueblo, se me iluminó la mente. Algo en lo que no pensaba hacía tiempo, en la cosa más dulce que me espera a la vuelta de todo, tomaba forma. Visualicé el logo. Sí, ya sé que antes de eso debería plantearme otras cosas, pero en algún lado deben quedar aquellos estudios de Diseño Gráfico que afloran cuando menos lo espero, cuando más los necesito, cuando mi mente se ha reiniciado.

Hoy he puesto en movimiento la rueda para crear ese logo. Si no puedo moverme de mi piso, si no puedo moverme de mi trabajo, si no puedo planificar nada de lo que viene hacia mi, al menos puedo seguir moviendo mi proyecto, porque eso sí que está en mis manos.

Y además pienso -orgullosa- que lo que he aprendido en este tiempo es delegar, compartir  e involucrar a terceras personas (un poco – al menos). Aceptar que es mejor contar con la colaboración de personas más preparadas que yo puede parecer algo obvio para alguno, pero no lo es tanto para mí. Pero que, además, al comentarles la idea y solicitar su ayuda te digan que les apetece, que incluso “les pone”, es algo que me hace levantar los brazos en señal de victoria delante del correo electrónico y gritar a media voz: “¡SÍ!”

Mirar atrás y ver como encajan las piezas y sentir el “clac” me pone el vello de punta.

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