mi mamá de ahora

Vuelvo de un viaje relámpago con mi madre. Teníamos que solventar cierta burrocracia y hemos aprovechado para convertir esta escapada en una aventura. Sé que no pasará mucho tiempo y entonces atesoraré estos momentos en la memoria como pequeños regalos inesperados.

Mi madre es una chica fácil, como me gusta decir de mí misma. Pero ella lo es mucho más que yo. Ella se contenta con poco y disfruta cualquier acontecimiento. Da igual que sea rutinario o extraordinario, porque la situación más cotidiana se puede convertir en algo especial. Ella es positiva, es buena, a veces se repite más que el ajo, pero se lo puede permitir porque se lo ha ganado a pulso.

Una prima gallega decía de ella que es un ángel y pienso que para sobrevivir lo que tuvo que soportar sin perder la cordura (al menos no totalmente) algo angelado debe tener.

Ayer volvimos en un tren de largo recorrido. Algo que nunca habíamos probado. Y fue una experiencia que esperamos poder repetir. Contemplar juntas aquellos paisajes, poder estirar las piernas en un vagón reservado para nosotras, hablar hasta dormir, cenar sin tener que contener las palabras ni las risas es algo que se paga con dinero, sí, pero es algo que ni el dinero puede pagar.

Yo estaba en una misión y hasta que no pasó la peor parte, que para mí resulta ser la de volar, no pude darme cuenta que disfrutábamos de una pequeña aventura vacacional. Tal vez fuesen sólo dos días, pero tengo la sensación de haber estado fuera una semana y haber recuperado 20 años.

¡No hay como ser una mujer independiente!

Hace poco me explicaba mi madre como se siente a sus casi 70 años y al oírlo de su boca caí de nuevo en la cuenta de la maldita vida que llevó al lado del que fue su esposo y nuestro padre. Aunque él ahora pretenda renunciar a tal condición.

Ahora ella tiene su piso en el que hace y deshace, en el que puede ver los programas de televisión que quiere, en el que ella es la reina y nadie le critica. No debe rendir cuentas ante nadie y menos ante un ser que la denigraba, insultaba, maltrataba y volvía loca con su propia inestabilidad.

Ahora ella tiene su propio coche con el que va y vuelve cuándo y dónde quiere. Ahora entra y sale a su gusto, ahora duerme bien. Ahora duerme de un tirón sin atrancar la puerta por miedo, se despierta de buen humor – eso no lo pudo cambiar ni la larga convivencia con su conyuge –  y cuando le dices que quieres hacer esto o aquello casi siempre se apunta.
No deja escapar ninguna oportunidad.

¿Qué habría conseguido esta mujer al lado de otro hombre? o ¿Sola?

Y este viaje ha vuelto a enfrentarme a la vida que ella llevaba hasta hace bien poco y a cómo sufríamos nosotros por ella, impotentes, resignados, vencidos. No diré que fue tiempo perdido, pero pienso que fue mucho tiempo mal invertido.

A mi hermano no le termina de convencer la idea de verla sola, pero pienso que nunca estuvo más acompañada que ahora. Nunca la he visto disfrutar más que ahora. Nunca he disfrutado más de ella que ahora – ahora que ella tiene casi 70 y yo casi 40.

Sólo puedo dar las gracias por haberla recuperado.

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